Un jueves a la tarde, en un local de pagos de un barrio de Buenos Aires, transcurre una escena cotidiana que habla mucho sobre la economía de las familias. Dos personas hacen la misma fila. Una viene a cobrar el dinero que le envió su hijo desde España, una rutina que repite mensualmente desde hace tres años. La otra viene a refinanciar una deuda que ya no puede pagar. Las dos salieron del local con dinero en el bolsillo. Pero solo una se fue sin una cuota que pagar el mes siguiente. Esa diferencia ayuda a entender qué lugar pueden ocupar hoy las remesas.
El crédito que nadie te cobra








