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    Charly García contra Charly García: 75 años de reinvención

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    Charly García contra Charly García: 75 años de reinvención

    Hay músicos que encuentran una fórmula y pasan el resto de su carrera perfeccionándola. Es cómodo, es seguro, pero no es Charly García. Él pasó la vida escapando de la suya. Y cuando el público, la prensa y el cosmos musical aprendía a reconocerlo, ya estaba en otra parte: García hizo de la reinvención una forma de supervivencia.

    En Sui Generis, el folk-pop se ensanchó. Vida (1972), Confesiones de invierno (1973) y Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974) narran cómo dos pibes con guitarritas pasan de las confesiones íntimas a mirar de frente el mundo. Las canciones ganaron complejidad, aparecieron los teclados y se afiló la mirada social. No era solamente crecer: era cambiar de idioma.

    Y cuando parecía que todo pasaba por las canciones de fogón, Charly lo apagó de sopetón. En 1976 apareció La Máquina de Hacer Pájaros: donde había guitarras acústicas, ahora había teclados, sintetizadores y estructuras progresivas que miraban al espacio exterior, mientras las potencias cerraban la carrera espacial. Sus dos discos probaron que García no sería el trovador que todos querían conservar. Ante la despedida multitudinaria de Sui Generis en el Luna Park, su respuesta fue construir una máquina. ¿Cómo se despide a una banda infinita?

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    Después, llegó Serú Girán y otra vez cambió de piel: del laboratorio progresivo a un rock más clásico y popular. El debut de 1978 desplegó arreglos orquestales y aquel lenguaje inventado de Eiti Leda. La grasa de las capitales afiló la sátira, Bicicleta hizo del concepto visual un acontecimiento (con escenografía de Renata Schussheim), Peperina amplió los clásicos y el recorrido desembocó en No llores por mí, Argentina (1982).

    Serú fue una selección nacional del rock y, de hecho, para muchos fueron los Beatles locales. Incluso, Luis Alberto Spinetta los definió como “el conjunto más grande que tuvo la Argentina”, según recordó en Volver Rock, en 1997. García reunió ambición musical y canciones metidas en la vida cotidiana. Y no se quedó en esa baldosa.

    En 1982, Yendo de la cama al living y Pubis angelical abrieron su carrera solista. Al año siguiente, Clics modernos hizo estallar todo. Grabado en Nueva York, con cajas de ritmo, sintetizadores y sensibilidad new wave futurista, puso a Charly a conversar con la modernidad. En un país que salía de la dictadura y abrazaba la democracia, aquellas canciones sonaban a vanguardia.

    La trilogía siguiente —Parte de la religión (1987), Cómo conseguir chicas (1989) y Filosofía barata y zapatos de goma (1990)— combinó precisión pop, experimentación, humor y melancolía. Terminaban los ochenta y empezaban los noventa. García tomó la llave de la década saliente y la tiró por el inodoro.

    Y, sí, los noventa fueron otra historia: La hija de la lágrima (1994), Say No More (1996) y El aguante (1998) trazaron un territorio caótico, menos preocupado por la canción redondita que por el collage, la saturación y la ruptura. Say No More dejó de ser un disco para convertirse en filosofía: no explicar demasiado ni ordenar los fragmentos para tranquilizar al oyente. El autor de las melodías perfectas empezó a discutir de frente con la perfección.

    También cambió el personaje público: expansivo, imprevisible y por momentos autodestructivo, Charly convirtió su vida en un campo de experimentación. Tuvo un sorpresivo acercamiento al poder que incluyó un concierto privado para Carlos Saúl Menem en la Quinta de Olivos, en 1999. Y una exposición mediática (más el inmarcesible MTV Unplugged) que convivía con nuevos lenguajes. Acá, los rayones en el departamento de Santa Fe y Coronel Díaz y sus gestos escénicos armaron una iconografía mitad pop, mitad trash. Por eso, en el 2000, el salto a la pileta desde un noveno piso en Mendoza condensó espectáculo, riesgo y desborde: un García inflado de desmesura y rock and roll.

    La década siguiente fue una transición. Los álbumes Influencia (2002) y Rock and Roll Yo (2003) mostraron a un García dispuesto a probar nuevos caminos. Y Kill Gil —su propio Chinese Democracy—, trabajado durante años y publicado en 2010, quedó asociado a turbulencias personales y dificultades de producción. En 2008 llegó la internación, la ayuda inestimable de Palito Ortega —la historia argentina es impresionante— y el corte de aquella dinámica impredecible. Después vino la recuperación y más discos a contrapelo de su propia obra.

    A los 75 años, la tentación es ordenar esta historia como una marcha triunfal. Pero Charly no funciona así: hubo desvíos y apuestas en las que la búsqueda importó más que el resultado. Sin embargo, hubo una constante: Charly jamás aceptó quedarse quieto. En 2024 publicó La lógica del escorpión, una cartografía del presente criollo, y en 2025 llegó “In the City”, su colaboración con Sting.

    Quizás por eso su obra todavía provoca discusiones, algarabía y un fanatismo pasional. El Charly de Vida no explica del todo al de Clics modernos, y este no descifra al de Say No More. Son estaciones de una fuga permanente. García cambió de banda, de sonido, de método y de piel como si supiera que el mayor peligro no era equivocarse, sino repetirse.

    Y sobre los caireles del rock argentino hay canciones que funcionan como monumentos. Pero Charly discutió esa comodidad: claro, hay que desconfiar de los monumentos. Así, su mejor homenaje no consiste en congelarlo en una foto, un piano o una frase chispeante —las tiene de a miles, porque siempre fue un hábil declarante a lo Diego Armando Maradona—, sino en escuchar cómo cada etapa discute con la anterior. A los 75, su obra sigue diciendo lo mismo, aunque nunca de la misma manera: quedarse quieto también puede ser una forma de rendirse.

    Fuente: Diario Río Negro — Regionales — ver publicación original.

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