Jorge Luis Borges fue mucho más que un escritor enfrentado al peronismo. En su libro Borges y la política. Un desafío para el peronismo, la izquierda y la derecha, el doctor en Ciencias Sociales Nicolás Freibrun analiza cómo la ficción, los ensayos y las ideas del autor permiten explorar otras dimensiones de la política argentina, más allá de las etiquetas ideológicas.
En diálogo con Jorge Fontevecchia en Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), Freibrun explicó por qué la figura de Borges continúa generando tensiones en la cultura política, abordó su relación con el peronismo, el individualismo y las ideas progresistas, y analizó los motivos por los que su obra resulta difícil de encasillar en una única tradición ideológica.
Nicolás Freibrun es doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y licenciado en Ciencia Política por la misma institución. Posee un diploma de estudios avanzados, otorgado por la Universidad de Barcelona, y cursó una maestría en Ciencia Política en el IDAES-UNSAM. Cuenta con más de 10 años de experiencia como docente universitario en instituciones como la UBA, la Universidad Nacional de General Sarmiento y la Universidad Nacional de Río Negro. Sus líneas de investigación se centran en la historia intelectual, la teoría política, el análisis de las ideas y los contextos políticos y las ideologías en la Argentina. Es autor de obras como La reinvención de la democracia. Intelectuales e ideas políticas en la Argentina de los 80, publicado en el año 2014. Y su último trabajo, Borges y la política. Un desafío para el peronismo, la izquierda y la derecha, en donde analiza el universo ficcional y ensayístico de Jorge Luis Borges.
Nicolás, un gusto tenerte acá. Hoy, en tu libro Borges y la política, abordás a uno de los mayores genios de la literatura universal como un prisma para interrogar las culturas políticas argentinas. ¿Cuál fue la motivación para situar a Borges en todo esto?
Gracias, Jorge, por la invitación. Yo un poco digo que la inquietud surgió hace tiempo. Me interesa Borges y lo leo, y me incomodaban un poco o no me terminaban de satisfacer las lecturas que se hacen sobre la relación entre Borges y la política, que básicamente siempre están acotadas un poco a la discusión con el peronismo. Mi idea era ver cómo podía encontrar en los textos de Borges algo que me interesa fundamentalmente: cómo podía estar esa politicidad, como digo yo, o esas otras formas de decirlo, lo político, en un autor que, por supuesto, es muy controversial desde joven y desde el vamos. Me interesaba salir de esta cuestión del Borges gorila. Ese Borges gorila, para mí, era una etiqueta que encapsula más de lo que abre y que impide una discusión, como sucede muchas veces en la Argentina. Entonces, en ese caso, intentaba dejar de lado al Borges oral, que es el Borges más conocido, el Borges más cristalizado, digamos, incluso el Borges que se repite un poco a sí mismo, ese Borges famoso. Y ver cómo podemos indagar, a partir de la ficción de Borges, no solamente de ella, pero sobre todo de la ficción, una serie de elementos que hablan de otra política. Que no es la política de todos los días, que no es la política institucional, que no es la política de los partidos, sino que hay elementos en la vida política, en los imaginarios políticos, que estaban en Borges de un modo interesante para mí, en determinados cuentos, en determinados relatos. En muchos casos, en ficciones como el Aleph pero también en ensayos muy importantes.
O sea, ¿la conclusión es que no era gorila?
No, que probablemente lo era, pero que iba mucho más allá de eso. A mí me gusta usar una frase, o puse una frase copiando una de Jean-Paul Sartre sobre Paul Valéry. Sartre decía: «Valéry es un pequeño burgués, pero no todos los pequeños burgueses escriben como Valéry». Bueno, Borges, efectivamente, puede ser un gorila en el sentido general, pero no todos los gorilas escriben como Borges. Entonces, se trata de ir más allá de esa referencia nacional y ver cómo, efectivamente, hay un Borges que, por el contrario, en ese caso no es gorila, sino que discute otras cuestiones, como la historia, la verdad, la relación entre verdad y ficción, y la relación entre hechos históricos y verdad. Hay todo un universo que me pareció muy interesante y que trato de fundamentar con los textos de Borges, donde se puede ir más allá de estas referencias cristalizantes.
¿Y por qué la figura de Borges incomoda persistentemente el relato peronista?
Bueno, yo creo que es alguien que siempre ha presentado una posición incómoda en el propio medio literario, en la propia cultura argentina, y que esa incomodidad, en cierta medida, destaca frente a otros escritores. Ahí hay una serie de discusiones que tenían que ver con una época en la que quizás hoy no se dice tanto de ese modo: que el escritor tenía que estar comprometido socialmente o que tenía que tener un compromiso social más allá de su arte, más allá de su escritura. Y Borges me parece que incomodaba porque, ¿cómo puede ser? ¿Cuál sería la incomodidad? ¿Cómo puede ser que el mejor escritor, o el que escribe tan bien, no tenga ideas, digo yo, progresistas? ¿Cómo puede ser que no tenga ideas generalmente aceptadas en un sentido general? Claro, eso se daba en un momento en el que la cultura de izquierda, la cultura progresista, era obviamente mucho más importante que ahora. Entonces, para mí, eso generaba una tensión en lo que rápidamente podríamos llamar una conciencia político-moral progresista. ¿Cómo puede ser que este tipo…?
O sea, detrás de eso, lo que estaba tácitamente es: si es tan inteligente, ¿cómo no está a favor del bien?
De una idea de bien que, por otro lado, habría que ver qué es ese bien.
Sí, lo estoy simplificando. Pero las personas que suponen que ser una buena persona es tener actitudes sensibles hacia los demás, o sea, ser progresista, ¿cómo una persona tan inteligente no puede tener esa sensibilidad?
Y eso me parece que es una cuestión que, por un lado, parece muy básica, porque ¿por qué no? De hecho, el siglo XX está lleno de escritores que no son, digamos, muy sensibles al otro. Aunque Borges era sensible al otro de otro modo, también podríamos decir. Ahí entraríamos en una discusión más fina. Pero generaba una tensión en los años 50 y 60.
Probablemente había que esperar a los años 80 y 90, cuando la psiquiatría avanzada y las neurociencias mostraban que no había una inteligencia, había distintas inteligencias. Uno puede ser muy inteligente en un campo y ser analfabeto en otro.
Totalmente. Incluso en el caso de Borges es cierto que también a veces hay reducciones de la política o de lo político. El caso del peronismo quizás es el más claro, pero el caso del comunismo también. Hay que decir que Borges, cuando hablaba de Occidente, rechazaba a la Unión Soviética, rechazaba al nazismo, por supuesto, que fue un tema del que se ocupó profundamente, y rechazaba también al peronismo y a esas formas que hoy llamaríamos populismo.
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¿Le molestaba lo plebeyo?
Yo creo que le molestaban las formas políticas que intentaban representar al pueblo, perdón que lo diga un poco de ese modo, pero tiene que ver más con eso. Porque Borges abordó el mundo popular, digo, su literatura y sus primeros años, sobre todo desde los años 20 hasta un momento de los 30. A Borges le interesa ese mundo popular, eso que rápidamente podemos llamar el mundo de la barbarie. El mundo de la barbarie en el mundo de la civilización. No siempre son antagónicos, sino que siempre están conversando un poco en Borges. Ahora, yo creo que lo que le molestaba, y ahí sí viene el caso del peronismo y también del nazismo, que Borges a veces, si bien los diferenciaba, me parece que podía meterlos en la misma bolsa, era cómo esos movimientos políticos intentaban apropiarse de un sentido común, diríamos, de algo, de un tipo de representación. Y eso lo llama el simulacro. Es decir, ve que hay algo ahí que no está funcionando de un modo legítimo, verosímil. El peronismo es un simulacro. Eso es un problema para Borges, y es un problema decirlo así en general, porque, si es un simulacro, ¿qué está sucediendo con ese movimiento político, por otro lado real, que tiene consecuencias y que ha tenido consecuencias? Me parece que Borges es un poco más, valga la metáfora, ciego políticamente ahí, pero porque no le interesa. Se desvía de eso y le interesa discutir quizás otras cuestiones.
Hace un par de días entrevistamos a otro colega tuyo, cuya mirada sobre Borges no era política, sino literaria, y él sintetizó la frase algo así como: «El omnipotente ama al solista». Entonces, lo que había en Borges es que le molestaba todo lo colectivo.
Bueno, ese es un punto importante. Me parece que a Borges sí podría decirse que le molesta lo colectivo, que se contrapone violentamente a lo individual, porque siempre es relacional. No es lo colectivo por sí mismo, sino lo colectivo que asedia al individuo, que, para Borges, como dice muchas veces, no somos más que individuos o no hay más que individuos. Hay una frase que me gusta mucho. Dice: «Las clases y las masas son abstracciones; lo único real es el individuo». Es buenísimo, ¿no? Conecta con un imaginario.
Thatcher. Thatcher: «No existe la sociedad, solo existen los individuos».
Sí, aunque Borges no diría que no existe la sociedad, y creo que ahí no haría una operación como la de Margaret Thatcher o la de Milei, porque, en ese sentido, Milei se referencia con Thatcher, con Ronald Reagan o con quien fuere.
¿Qué diría de Milei?
No, no, yo creo que se reiría mucho de Milei. Digamos, alguien que no puede hablar y solo puede gritar sería para Borges ya alguien que vive también en una especie de simulacro.
Aquello de «gritás demasiado para tener razón», de Jeff Bezos.
Claro, claro, exacto.
Ahora, acá me apuntan que escribió unos poemas sobre la Revolución rusa, creo que Los salmos rojos. O sea, inicialmente, respecto del comienzo de la Revolución rusa, su mirada fue más romántica.
Sí, fue más romántica. Estaba en Suiza Borges cuando sucedió la Revolución. Era un Borges muy ligado al movimiento expresionista en el arte, que en Alemania y en esas zonas era muy potente. De hecho, él escribe algunas cosas sobre el expresionismo, conoce a Kafka, conoce a Kafka en la literatura, no personalmente, y aprende alemán. Toda esa época de Los salmos rojos, Borges siente que la Revolución rusa podía ser algún tipo de hermandad o podía generar algún tipo de hermandad, ahí sí, colectiva. Él dice en algún momento: «Bueno, los hombres del mundo podemos ser hermanos». Le dura poco eso. Pero es un Borges, diríamos, un poco anarquista también, un poco más romántico. Luego, rápidamente, vuelve a la Argentina y ahí hay una relación, por ejemplo, con el yrigoyenismo. Todas esas relaciones de Borges son bastante laterales, diría yo. Nunca hay un compromiso, a mi modo de ver.
O sea, la política le parecía algo secundario.
Sí, le parecía algo secundario. Pero, si uno va a la ficción, donde el discurso de la ficción no es el discurso de la política, no es el discurso del realismo político, creo que puede haber bastante política en Borges. Se nombran algunos cuentos que siempre son interesantes de releer: Emma Zunz, Tema del traidor y del héroe.
Pero creo que, finalmente, quizá yo lo planteé, la política en el sentido del ejercicio partidario de la política… Él hacía política de otra manera.
Podríamos decir que hacía política por otros medios, lo cual habría que definir qué es eso, que no es la política partidaria de todos los días.
¿Podríamos decir que es la construcción de sentido?
Sí, es la construcción de un sentido, pero también siempre un poco desplazado, siempre un poco…
Una representación del mundo.
Sí, más una representación del mundo, exacto. Por eso Borges aborda grandes temas: la historia, la verdad, temas que a mí me interesan. El orden, la idea del orden de Occidente, es fuertísima. Las discusiones de Borges en la época del nazismo son muy interesantes, son muy políticas. Pero también cuando él discute la literatura, que eso también me parece importante marcarlo, cuando discute qué es la literatura nacional o cómo se construye una tradición literaria, es una discusión profundamente política.
¿Cómo podríamos explicar que alguien a quien la política, en el sentido de representación profesional, podríamos decir, le parecía un arte menor y no le dedicaba toda su energía y todo su libido, luego se justificara que no recibía el premio Nobel por su posición política?
Vos sabés qué es muy interesante toda esa etapa, porque justo la estoy… No la trabajo en el libro, pero ahora estoy un poco investigando sobre esta cuestión de qué es recibir premios y, sobre todo, en el caso de Borges. Borges tiene algunas frases que son fantásticas: «Descreo del éxito y del fracaso». Con eso podríamos explicar que no le importan los premios. Y tiene otra frase, de 1936, a propósito de Virginia Woolf. Dice: «La literatura no es un certamen». La literatura no es un certamen. La literatura es otra cosa. Tiene que ver con el lenguaje, tiene que ver con el arte, como decías vos, tiene que ver con la expresión estética.
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¿Eso desde él? ¿Ahora y desde la Academia?
Bueno, en la Academia hay varias cuestiones. Una, que leí hace poco y no conocía, es que Borges se rio en Suecia, estando con María Kodama, de un poema de quien fue luego, no recuerdo el nombre exacto, miembro de la Academia. Luego está el episodio Pinochet. Porque a Borges le habían dicho: «Mirá que te lo van a dar». Y cuando aparece la invitación a la Universidad de Chile, donde finalmente se encuentra con Pinochet, a quien Borges exalta, es bastante fuerte lo que Borges dice, recuperando a ese Lugones de la espada, de la obra de la espada y un poco de eso. Los de la Academia dijeron: «Listo». Porque también el premio, me parece que en esa época, tenía que ver más con un consenso de alguien que estuviera quizás más comprometido.
Bueno, esto que decíamos: que, si es tan inteligente, tiene que ser… Ser progresista es ser buena persona.
Borges es polémico. Y la polemicidad deriva incluso de la palabra política, de polis y pólemos, que es una palabra griega. De ahí viene polémico: es lucha, es combate. Una persona que se pasó la vida combatiendo, incluso a veces en exceso, podría decir una, ¿no? Pero ahí hay una politicidad más personal, más insidiosa, más retórica, irónica. Pero Borges, en ese sentido, es alguien que incomoda, desestabiliza. Finalmente dijo: «Parecería ser que es una vieja tradición escandinava no darme el premio Nobel». Es genial.
¿Representa al, no sé, 50% de la población antiperonista?
No, no, yo creo que no.
¿Ese antiestatismo, individualismo?
No, a mí me parece que el individuo de Borges es un individuo más moral, me parece a mí. De un liberalismo más moral que siempre puede ser interesante rescatar, por otro lado. Hay que diferenciarlo, dado el contexto, del libertarianismo.
No, no, eso está claro.
Porque libertarianismo, por lo menos…
Pero hay muchas personas liberales así, republicanas, que están en contra del peronismo.
Sí, están en contra del peronismo y quizás muchas veces utilizan a Borges, o se apropian. También es un problema la apropiación de Borges, porque también desde la izquierda, digo, las relecturas interesantes de Borges las hicieron gente de izquierda: Juan José Saer, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, etcétera, etcétera. Para mí, las más interesantes, en los años 60 y 70. Yo creo que ahí, en ese sentido, Borges es un poco inapropiable, a pesar de que alguien puede decir: «¿Ven que Borges piensa como yo?». Cada uno podría encontrar un Borges que piensa… Yo creo que ese ejercicio es malo, de todos modos. Creo que hay que leer los textos de Borges, que no sé si hoy sucede con mucha frecuencia, y ver qué pasa ahí.
Nicolás Freibrun, muchísimas gracias. Siempre un gusto.
Muchas gracias.
LMM







