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    El insulto como estrategia política: los agravios de Milei y la algoritmización de la democracia

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    El insulto como estrategia política: los agravios de Milei y la algoritmización de la democracia

    El agravio político no es una invención moderna. Aristóteles ya le reservaba un lugar en su Retórica: la censura, contracara del elogio, integraba el género epidíctico. Más tarde, en Roma se hizo de la invectiva un arte: Cicerón dedicó catorce discursos, las Filípicas, a demoler a Marco Antonio. Pero lo pagó muy caro: su cabeza terminó clavada en la tribuna del Foro. La política siempre supo que descalificar al adversario podía ser tan eficaz como refutarlo. Pero Javier Milei ha llevado esa oscura práctica al paroxismo.

    La denigración del otro en términos políticos comienza a investigarse sistemáticamente en las ciencias sociales en los noventa, tras el final de la Guerra Fría y el uso de campañas negativas en el discurso televisivo. En Hacer campaña negativa, los sociólogos Stephen Ansolabehere y Shanto Iyengar sostuvieron en 1995 que la publicidad negativa podía ser más eficaz que los avisos positivos para perjudicar al adversario, porque permitía fidelizar a los votantes propios, a la vez que ayudaba a desalentar la participación electoral entre los independientes. Pero faltaba mucho aún para que el agravio al adversario escalara al espacio público.

    En los años 2000, el foco se desplazó de la campaña electoral al debate en la opinión pública, cuando se empezó a analizar el fenómeno con el que la teoría política bautizó al nuevo paradigma: incivilidad. En 2010, la politóloga Susan Herbst advirtió en Democracia maleducada que la incivilidad no es un desborde emocional, sino un recurso que los dirigentes administran con cálculo y astucia. Empezaba a surgir la idea de que la furia, la crispación y la intolerancia, valores que claramente se oponen al espíritu democrático, podían ser redituables en términos políticos. Pero el insulto, no obstante, seguía sin ser utilizado porque deslegitimaba a quien lo pronunciaba.

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    El cambio de escenario se evidencia con la polarización extrema que se alimenta del algoritmo y las redes sociales. En 2025, Elliot Motte, doctorado en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, ofrece un ensayo que ya se ha convertido en un trabajo clave para entender la alarmante situación actual. En La política del insulto en la era de las redes sociales, el autor parte de una pregunta sencilla, pero fundamental: ¿por qué los políticos producen retórica ultratóxica en el debate público del ecosistema digital sin que esto tenga un impacto nocivo para su campaña, sino todo lo contrario?

    Luego de investigar, con herramientas de análisis del lenguaje, más de tres millones de posteos de legisladores estadounidenses entre 2017 y 2022, Motte llegó a un resultado sorprendente: un mensaje negativo obtiene un 17% más de interacciones que uno positivo. El trabajo también demostró que, tras la publicación de agravios hacia los oponentes, la intención de voto sube 2,4 puntos porcentuales, aunque luego ese efecto puede disiparse en pocos días. Ese apoyo, explica Motte, no proviene de adversarios ni de independientes, sino de los simpatizantes tibios, a quienes el insulto al contrario recupera.

    La investigación demostró también que los ataques contra personas rinden mucho más que los dirigidos a instituciones. Y, lo que es aún más contundente: el efecto, claramente, se concentra entre quienes se informan por redes sociales, y la tendencia no se repite entre quienes se informan por televisión ni entre quienes lo hacen a través de portales de noticias de medios tradicionales. La democracia agoniza en la lógica que se impone en las redes sociales y la algoritmización de la cosa pública.

    Los políticos que insultan usan ese agravio
    como una estrategia calculada.

    Milei no leyó a Motte, pero sabe de lo que está hablando. El Presidente ha hecho de su carrera política una oda al insulto permanente. El Centro de Datos de Chequeado identificó que el primer mandatario realizó 1.051 insultos, descalificaciones o ataques en discursos, entrevistas y tuits durante los primeros catorce meses de su gestión. Se trata de 2,4 insultos por día, con un pico de 154 en diciembre de 2024. La Nación, que analizó con inteligencia artificial 89 horas de discursos y entrevistas realizadas en los últimos meses, registró 4.149 agravios en el primer año de La Libertad Avanza. Y en agosto de 2025 repitió el estudio para comprobar que se habían efectuado 611 agravios en cien días.

    Aunque Milei intentó moderarse unos meses antes de la elección legislativa de 2025 y prometió “dejar de usar insultos”, nunca cumplió con su palabra. El Foro de Periodismo Argentino (Fopea) procesó los 113.649 posteos que Milei publicó en X entre su asunción y el 15 de septiembre de 2025: 16.806 contenían insultos, el 15,2%, uno de cada siete. Entre los blancos figuran decenas de periodistas y medios de comunicación. El repertorio va de la animalización (“mandril”) a la repulsión (“excremento”, “mierda”). Fopea advierte, además, lo que Motte no puede medir: el enjambre de cuentas que replica cada ataque y la autocensura que eso genera en el espacio público. Un ejército de trolls al servicio del Gobierno para acallar las críticas.

    El fenómeno, hay que decirlo, no es exclusivamente argentino. The New York Times catalogó cada agravio que Donald Trump publicó en Twitter desde el lanzamiento de su candidatura, en junio de 2015, hasta que la plataforma lo expulsó en enero de 2021. Sus apodos, “Hillary (Clinton), la corrupta” y “Joe (Biden), el dormilón”, se volvieron una marca de campaña para el trumpismo. En Brasil, la Federación Nacional de Periodistas atribuyó a Jair Bolsonaro 121 de los 208 ataques a la prensa registrados en 2019, el 58% del total, y la Justicia terminó condenándolo en segunda instancia por sus agresiones a periodistas. Cambian el idioma y la geografía, pero la gramática es la misma.

    La evidencia lleva a una conclusión mucho más incómoda que la indignación de rigor. El insulto no es un exabrupto: es una tecnología política que funciona, al menos en el corto plazo y entre los propios votantes. Pero el hallazgo de Motte esconde, a la vez, un límite de la estrategia: si el agravio rinde más cuando sorprende, quien insulta todos los días agota su propia munición y necesita dosis cada vez más potentes para obtener el mismo efecto. Esta semana, por caso, Milei calificó de “hijos de puta” a los periodistas que investigaron el escándalo de Libra y las sospechas de corrupción que la Justicia, sospechosamente, desactivó.

    Aunque parezca obvio, es importante recordarlo: un político que insulta varias veces por día puede ganar una elección, pero la que pierde es la democracia.

    Fuente: PERFIL POLITICA — ver publicación original.

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