Seis meses después de su primera gran decepción futbolística, un Diego adolescente narraba desde lo más íntimo cómo había atravesado el ser desafectado por Menotti de la Selección Argentina.
«¿Y ahora cómo se lo digo a mi papá?». La pregunta que podría nacer de la angustia propia de cualquier niño, era formulada por un adolescente de 17 años llamado a ser la máxima estrella del fútbol mientras lloraba debajo de un árbol durante la fría jornada del 19 de mayo de 1978:Maradona acababa de ser desafectado del plantel argentino que jugaría la Copa del Mundo de ese año.
«Primero me amargó muchísimo, me quería ir esa misma noche después que César nos dijo quiénes quedábamos afuera. Y me fui. Pero ahora acepto las cosas como pasaron. Aprendí mucho», le contaba Diego a El Gráfico desde la intimidad de sus vacaciones en Atlántida, Uruguay, seis meses después de la decisión de César Luis Menotti.
Ese enero de 1979 fue especial para la vida de Pelusa y su familia. En un chalet que había alquilado camino a Punta del Este, por primera vez sus padres Don Diego y Doña Tota podían darse el ‘gusto’ de veranear. «Si usted supiera lo que hemos luchado con mi marido. Yo nunca soñé esto», le confesaba ella a este medio. El mismo pibe que sentía haberlos decepcionado, encontraba calma al verlos sonreír en aquella playa de arenas finas.
«Después de esa etapa me sentí más afirmado, empecé a correr mejor la cancha. El ’78 fue mi mejor año. Salí goleador con diez partidos jugados después del Mundial. Tuve más continuidad, cosa que se me achacaba que me faltaba», reflexionaba el Diez acerca de como se había sobrepuesto a aquel revés.
Habían transcurrido ocho años de su célebre frase en los Cebollitas cuando reveló su sueño de jugar un Mundial y faltaban otros ocho para su gran coronación en el Estadio Azteca. En medio, la primera gran decepción futbolística, como un momento bisagra. Ese golpe que lo obligaba a madurar de forma apresurada tanto dentro como fuera de la cancha.












