Por un año, durante ese tiempo suspendido e inquietante que fue la pandemia de Covid-19, Eugenia Pérez Tomas y Andrés Gallina vivieron con su hija en un departamento, un noveno piso con vista al océano, en Miramar. La ciudad balnearia, como casi todas las ciudades del mundo, estaba vacía. Desde una de las ventanas podían seguir el movimiento de la marea; desde otra, veían el vivero, un gran pulmón verde donde se encuentra una de las atracciones de este destino costero: el Bosque Energético. Se llama así porque, dicen, suceden cosas misteriosas relacionadas con el magnetismo y hasta con la presencia de ovnis. Hay una prueba sencilla que suelen hacer quienes visitan el lugar: cruzar dos ramitas de pino formando una T y comprobar cómo quedan en equilibrio, una sostenida por la otra.
De ese lugar y de esa postal que les llegaba desde la ventana surgieron el nombre de una editorial y también una manera de pensar los libros. «Un libro no se cae si lo sostiene otro», escribieron Pérez Tomas y Gallina en un texto en el que reconstruyen los primeros años del proyecto. «Nos alertaron: “No publiquen solo diarios, porque no se venden como una novela”», recuerdan los editores, varios años y muchos diarios después.
No hicieron caso. Transformaron esa supuesta periferia de la literatura en el centro mismo de su propuesta. Desde su primer título, Diario inconsciente, de Santiago Loza, hasta el frondoso catálogo que tienen hoy, con una temática amplia y diversa -que incluye el precioso libro de Laura Wittner sobre la menopausia y el de Ana Ojeda sobre el dolor, y textos sobre el insomnio, la familia, o el aprendizaje de la lengua de señas-, Bosque Energético construyó una identidad visual inconfundible, con tipografías flúo estalladas en contraste con fotografías en blanco y negro, y un espacio de resistencia frente al ritmo vertiginoso de la productividad. Un diario, muchos diarios, que funcionan como experiencias individuales y, a la vez, universales.
En esta entrevista, Pérez Tomas reflexiona sobre el acto de editar sin domesticar, la potencia política de la intimidad y las razones por las cuales detenerse a registrar esas cosas pequeñas que encuentran lugar en un diario puede convertirse en una forma luminosa de leer el presente.
—Hay un texto, en el sitio de Bosque Energético, escrito por vos y Andrés, en el que dicen que quisieron darle centralidad a una escritura considerada menor, la que registra lo trivial, lo cotidiano, incluso la pavada.
—Creo que lo primero que vimos en los diarios es una escritura que no tenía que demostrar nada, que podía ocuparse de asuntos aparentemente menores, detenerse y perder el tiempo. Cuando empezamos Bosque Energético, no pensamos tanto en lo que otras editoriales no estaban viendo, sino en qué pasaría si poníamos esa escritura en el centro de un proyecto editorial. Si en lugar de considerar al diario un género subsidiario, un material preparatorio para otra obra o un documento que adquiere valor por la importancia de quien lo escribe, lo pensábamos como una forma literaria en sí misma. También nos interesaba trabajar con autores contemporáneos y proponerles escribir un diario especialmente para el catálogo. No queríamos solamente recuperar diarios que ya existieran, sino generar las condiciones para que aparecieran escrituras nuevas. Con el tiempo entendimos que esa decisión también proponía una forma de leer la literatura contemporánea.
—En el catálogo conviven diarios sobre experiencias muy específicas -la menopausia, el dolor, el insomnio, los chapuzones, la pintura- que, sin embargo, parecen exceder el tema del que parten. ¿Qué hace que una experiencia particular se convierta en literatura?
—Para nosotros el tema nunca es suficiente para que haya un libro. Lo que buscamos es una mirada, una lengua, una forma singular de relacionarse con esa experiencia. Hay algo muy interesante que sucede cuando un autor se detiene a observar con muchísima atención una zona específica de su vida: esa zona empieza a expandirse. Nos gusta pensar que cada libro entra al catálogo por una puerta muy pequeña y después abre muchas otras. Cuando leemos un manuscrito, buscamos que haya una voz que nos produzca curiosidad, que nos invite a quedarnos ahí, incluso cuando aparentemente no está pasando nada. No creemos que la literatura aparezca necesariamente cuando una experiencia se vuelve excepcional, sino cuando el autor encuentra una forma de contarla que modifica nuestra manera de percibirla.
—Dicen también que editar es una práctica que no debería domesticar ni emprolijar la escritura, y describen el trabajo con los autores como una conversación cuerpo a cuerpo con sus papeles. ¿Cómo se edita un diario sin borrar las marcas de la intimidad, sus desvíos, sus silencios o sus zonas más desprolijas?
—Creo que lo primero es entender que editar no significa necesariamente ordenar, limpiar o corregir todo aquello que se sale de lugar. Muchas veces lo más interesante de una escritura está justamente en sus irregularidades, en una insistencia, en una repetición que parecería innecesaria, en algo que quedó dicho a medias. Nosotros trabajamos mucho desde la conversación. Tratamos de entender qué está intentando hacer ese texto, incluso cuando todavía no encontró del todo su forma. Hay intervenciones muy concretas, por supuesto: pensar una estructura, encontrar un comienzo o un final, revisar qué fragmentos necesitan convivir y cuáles no, trabajar sobre el ritmo. A veces editar consiste en defender algo que, desde una lógica más convencional, parecería un problema.
—Hay una idea que aparece varias veces en sus reflexiones: el diario como una forma de restarle ansiedad al mundo, de salir de la tiranía de la acción y de avanzar hacia los costados, o incluso hacia adentro, sin necesidad de que suceda algo.
—Creemos que hay algo del interés por los diarios que tiene que ver con una necesidad de recuperar otra experiencia del tiempo. El diario permite una relación con la escritura que no está necesariamente organizada alrededor de la eficacia o de la obligación de llegar a algún lado. Es una suerte de amortiguador frente al ritmo ansioso de la productividad. Nos gusta mucho esa idea de avanzar hacia los costados. En un diario se puede pasar una tarde mirando una planta, registrar una conversación insignificante, volver cinco veces sobre el mismo pensamiento. No hace falta que algo se resuelva ni que cada acontecimiento tenga consecuencias. El diario permite que la vida aparezca también en sus tiempos de espera.
—Proponen imaginar un diario plural, una escritura íntima capaz de tejerse en un imaginario colectivo. Un diario nunca está solo: siempre habla de la relación con otros seres, objetos, experiencias o territorios. ¿Cómo se construye esa dimensión colectiva a partir de una escritura tan personal?
—Una de las cosas que más nos interesan del diario es que, aunque esté escrito en primera persona, nunca habla solamente de una persona. En un diario aparecen los otros, las conversaciones, los libros que se leen, los espacios que se habitan, los objetos, los animales, las condiciones materiales de una vida. Incluso cuando alguien escribe sobre su experiencia más íntima, está dejando entrar un mundo. Nos gusta pensar que el catálogo funciona como una especie de diario plural, escrito por muchas personas que no necesariamente se conocen ni están pensando en las mismas cosas, pero cuyas experiencias empiezan a relacionarse cuando los libros se leen juntos. Hay temas que reaparecen, obsesiones que se trasladan de un libro a otro, distintas maneras de registrar el cuerpo, el trabajo, el paso del tiempo, el amor, el cansancio o la convivencia con los demás. Y esas recurrencias van apareciendo a medida que el catálogo crece. Quizás esa sea una de nuestras mayores apuestas: que lo íntimo no sea entendido como lo contrario de lo colectivo, sino como una de sus posibles formas de construcción.
—Bosque Energético nació en plena pandemia, sin un modelo de negocio ni una idea demasiado definida de cómo iba a funcionar una editorial. Hoy tiene un catálogo reconocible, libros que se reeditan y una identidad visual muy marcada. ¿Qué decisiones fueron fundamentales para construirlo?
—Bosque nació en la pandemia, de una mezcla de deseo, intuición y ganas de hacer algo juntos. Teníamos una idea bastante concreta sobre los libros que queríamos publicar, pero no sabíamos demasiado acerca de cómo íbamos a hacerlos circular, distribuirlos o sostener económicamente el proyecto. Desde el comienzo tomamos algunas decisiones que terminaron siendo fundamentales: publicar exclusivamente diarios íntimos contemporáneos, pensar los libros como parte de una colección, construir una identidad visual reconocible y trabajar muy cerca de los autores. También fue importante entender que el catálogo no era simplemente la suma de los títulos que íbamos publicando, sino una obra que se construía en el tiempo. El primer libro fue Diario inconsciente, de Santiago Loza, y de alguna manera ahí empezó a hacerse visible lo que imaginábamos. Después, cada libro fue ampliando nuestra propia idea del género. Nos gusta que Bosque tenga una identidad reconocible, pero también que cada título pueda desestabilizar un poco lo que creemos que es un diario.
Fuente: Diario Río Negro — Regionales — ver publicación original.












