Para conocer la Patagonia de hace 30 millones de años no hace falta viajar demasiado lejos. En Comallo, a unos 112 kilómetros de Bariloche, un recorrido permite encontrarse con animales que alguna vez habitaron este territorio, cuando la estepa era un paisaje de bosques, abundante vegetación y temperaturas cálidas. Algunos sorprenden por su tamaño, otros por su aspecto y varios parecen salidos de una película de ciencia ficción. Pero todos forman parte de una historia real: la de una fauna extraordinaria que desapareció, dejó sus huellas en esta región y permiten pensar el futuro.
El viaje comienza bajo techo, entre fósiles y piezas que ayudan a reconstruir ese pasado. Después continúa en un auditorio, donde las animaciones digitales y un documental explican cómo era aquel mundo. La última parte invita a salir al exterior y recorrer el predio para encontrarse con las reproducciones hiperrealistas de los animales, a escala real. Ya no se trata solo de observar restos de especies desaparecidas: están ahí, frente al visitante.
«No hablamos de dinosaurios, sino de animales prehistóricos: megafauna, aves corredoras, marsupiales carnívoros y aves gigantes. Realmente es un contenido muy particular, que mostramos de una manera especial. El recorrido permite conocer los fósiles de estos animales en una sala de exposiciones, después pasar por un auditorio donde tenemos animaciones digitales y un documental explicativo y, finalmente, observarlos en vida durante el recorrido por el parque. Es como conocerlos en tres capas», explica Aarón Hermosilla, director ejecutivo del Paleoparque Comallo.
El paisaje también cuenta parte de esa historia. Las figuras aparecen en medio de la estepa, aunque los ambientes que habitaron aquellos animales eran muy diferentes. Durante el Mioceno, la Patagonia tenía abundantes lluvias, temperaturas elevadas y una vegetación que cubría extensas superficies. El contraste entre ese pasado y el territorio actual acompaña la caminata y permite dimensionar cuánto cambió el planeta.
La propuesta no se limita a mostrar animales sorprendentes. También invita a pensar qué ocurrió con aquellas especies y qué puede aprender la humanidad de las transformaciones ambientales. La historia que cuenta el parque avanza desde un mundo cálido hasta la actualidad y deja preguntas abiertas sobre el impacto humano.
«Es apasionante poder conocer esa historia. El período que estudiamos se llama Mioceno. En la ciencia, uno de los estudios que se realizan sobre el futuro utiliza datos de esa época. Se analiza un momento en el que la Tierra estaba caliente, con una temperatura promedio del planeta muy elevada, y en el que vivían estos animales. Había abundantes lluvias, mucho calor y una gran disponibilidad de agua en el continente», cuenta Hermosilla.
El recorrido llega hasta la interacción entre los seres humanos y la megafauna, con especies que desaparecieron en ambientes que compartían características con los actuales. Esa parte de la visita conecta la historia natural con una reflexión sobre el presente: qué huella deja nuestra especie y qué consecuencias tienen sus acciones sobre el planeta.
«En el último tramo de ese recorrido cronológico aparece la interacción entre los animales de la megafauna y los seres humanos. Todo el recorrido nos permite hacernos preguntas sobre nuestro propio futuro y sobre el impacto que dejamos en el planeta. Hay también un simbolismo detrás de esa presentación», agrega.
La visita demanda al menos 90 minutos, aunque muchas familias deciden quedarse más tiempo. El parque cuenta con gastronomía y regalería, servicios que permiten completar la jornada sin necesidad de salir del predio. Para quienes llegan con chicos, la propuesta reúne aprendizaje, entretenimiento y una actividad al aire libre, lejos del ritmo de las ciudades.
Aarón observa una reacción que se repite entre los visitantes: llegan con la idea de resolver una salida familiar y terminan adaptándose a otro ritmo, marcado por la tranquilidad de un pueblo. «Cuando llegan acá es como si les cambiara el chip. Empiezan a vivirlo en otro tiempo. Se dan cuenta de que nadie los apura, que el ambiente del lugar y la tranquilidad del pueblo no los invitan a correr, sino a disfrutar de una manera totalmente distinta», relata.
La respuesta del público también se mide en quienes regresan y recomiendan el lugar. Según el director ejecutivo, el boca a boca se convirtió en el principal promotor del Paleoparque. Hay visitantes que vuelven con familiares o amigos después de una primera experiencia y otros que llegan por invitación de personas que ya conocen el predio.
El Paleoparque abrió el 30 de marzo y su crecimiento superó las expectativas. En siete meses estuvo cerca de alcanzar los 10.000 visitantes, una cifra que adquiere otra dimensión si se compara con el movimiento turístico que tenía Comallo antes de su inauguración.
La mitad de quienes llegan son turistas. Muchos proceden de Bariloche, aunque también hay visitantes de Villa La Angostura y San Martín de los Andes. Otros circulan por la Ruta Nacional 23 y encuentran en el parque una razón para detenerse. Las escuelas completan los tres públicos que el proyecto buscaba convocar desde su diseño, junto con los turistas y los científicos.
«Hicimos un gran trabajo para preparar un producto de excelencia, con estándares internacionales y realmente funciona y está revolucionando el pueblo. ¡10.000 visitantes en siete meses! Esto es importante para dimensiona»: salvo la Fiesta de la Cordialidad, que es un evento masivo que tenemos en marzo, el pueblo registraba alrededor de 1.300 visitantes al año», destaca.
La llegada de turistas empieza a modificar el ritmo del pueblo. Los comercios de la avenida principal extendieron horarios, algunos dejaron de cerrar al mediodía y la demanda también se nota en las estaciones de servicio. Son cambios que muestran cómo una propuesta turística puede movilizar otros rubros y abrir oportunidades para los vecinos.
«Es impresionante cómo se nota. Todos los comercios se ven movilizados en días en los que antes no estaban acostumbrados a tener movimiento. Son pequeños detalles que quizás dentro del pueblo no siempre dimensionamos, pero que tienen que ver directamente con la llegada de turistas y con la actividad que generan quienes pasan por Comallo», explica.
El desafío es que quienes llegan al Paleoparque no se vayan apenas termina la visita. La localidad dispone de unas 100 plazas turísticas distribuidas en siete establecimientos: hostels, hosterías, departamentos, cabañas y alojamientos rurales. En gastronomía hay seis propuestas, aunque solo dos ofrecen servicio para consumir en el lugar. Las demás trabajan con comida para llevar.
El movimiento también empieza a reflejarse en la ocupación de los alojamientos. Para sostener ese crecimiento, el municipio busca sumar actividades que permitan extender las estadías y generar oportunidades para los prestadores privados.
«Una de las propuestas es fomentar que los privados puedan ofrecer actividades complementarias a la experiencia del Paleoparque. Ya estamos desarrollando otros circuitos turísticos vinculados principalmente con la naturaleza, como recorridos de trekking y circuitos de escalada. La idea es que los vecinos puedan aprovechar ese tiempo que los turistas pasan en el pueblo para incorporar, poco a poco, sus productos y servicios», señala el director ejecutivo.
A fines de noviembre, el municipio prevé presentar los primeros cuatro circuitos de trekking. Serán recorridos accesibles, pensados para disfrutar durante el día y conocer algunos de los paisajes que rodean la localidad. La intención es aprovechar un entorno natural que todavía conserva espacios poco intervenidos y que ofrece posibilidades para actividades al aire libre.
La iniciativa no se limita a Comallo. La localidad también trabaja con otros municipios de la Región Sur para construir una propuesta turística complementaria. Un convenio firmado recientemente entre cuatro localidades busca articular atractivos y generar recorridos que permitan captar a quienes viajan desde la cordillera hacia la costa o en sentido contrario. «Son experiencias muy buenas que pueden complementar la visita a la cordillera con la tranquilidad que ofrece la estepa y con otras actividades que tenemos en la región», sostiene.
El Paleoparque permite mirar hacia una Patagonia que ya no existe, descubrir animales que habitaron este territorio millones de años atrás y comprender cómo cambió el paisaje. Pero la experiencia también abrió una puerta hacia otra historia: la de un pueblo de la estepa que encontró en su pasado natural una oportunidad para atraer visitantes, generar actividad y empezar a ocupar un lugar diferente en los recorridos turísticos de Río Negro.
Fuente: Diario Río Negro — Regionales — ver publicación original.












