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    Día 1060: Donald, el pato rengo

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    Día 1060: Donald, el pato rengo

    Con el Congreso en manos de la oposición y sin posibilidad de reelección, el presidente estadounidense enfrenta el tramo final de su mandato debilitado por el malestar económico y las tensiones internas de su propio legado.

    La derrota de Donald Trump en las elecciones legislativas de medio término abre una nueva etapa en la política estadounidense. Los demócratas recuperaron el control del Senado y de la Cámara de Representantes, en una votación que funcionó como un fuerte cuestionamiento a los primeros dos años de su segundo mandato.

    Aunque Trump intentó despegarse del resultado con el argumento de que su nombre no figuraba en las boletas, había convertido la campaña en una evaluación de su gobierno.

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    Veamos lo que posteó en su red social, Truth, luego de conocer la derrota:

    “Yo no estaba en la boleta electoral y, de haberlo estado, ¡habríamos obtenido una victoria aplastante! Gracias por su atención”

    El malestar por el costo de vida, el encarecimiento de los combustibles, la desaceleración del empleo y la pérdida de confianza en su gestión confluyeron en un revés que limita su capacidad de acción para los dos años que le quedan en la Casa Blanca y reabre una pregunta de mayor alcance: ¿estamos ante el comienzo del fin de la era Trump no solo por él sino por las ideas que representa?

    Trump es, en términos de política norteamericana, un “lame duck”, un pato rengo. La expresión describe a un presidente cuyo poder se encuentra debilitado porque ya no tiene posibilidades constitucionales de continuar en el cargo. La vigesimosegunda enmienda de la Constitución estadounidense, ratificada en 1951, establece que nadie puede ser elegido presidente más de dos veces. Trump, que consiguió dos mandatos no consecutivos, no podrá volver a presentarse a una elección presidencial.

    La historia norteamericana ofrece varios antecedentes de presidentes que atravesaron esa situación. Harry Truman, Dwight Eisenhower, Ronald Reagan, Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama conocieron, en distintos momentos, las limitaciones políticas de un segundo mandato o de un gobierno que se acercaba a su final.

    Las elecciones de medio término de 2006, por ejemplo, le arrebataron a Bush el control de ambas cámaras, en un contexto de desgaste por la guerra de Irak. En 2014, Obama sufrió una derrota legislativa que dejó a los republicanos con el control del Congreso. Y en 1986, Reagan también perdió terreno en las elecciones legislativas de su segundo mandato, aunque los republicanos conservaron la Casa Blanca en 1988.

    La particularidad de Trump es que el debilitamiento llega después de una segunda victoria presidencial tras una derrota intermedia, y en un momento en que su partido pierde simultáneamente las dos cámaras.

    Parece claro que Trump deja un legado que excede ampliamente sus resultados electorales. En Estados Unidos modificó al Partido Republicano, desplazó a buena parte de sus dirigentes tradicionales y consolidó una corriente política que combina nacionalismo, conservadurismo cultural, desconfianza hacia las instituciones y una concepción personalista del liderazgo.

    Su influencia, además, no depende exclusivamente de su continuidad personal: cuenta con posibles sucesores dentro de su propio espacio, como el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, dos figuras que podrían disputar la continuidad del movimiento trumpista, aunque con estilos y matices propios.

    Su legado no se mide solamente por las leyes aprobadas o derogadas, sino por haber desplazado los límites de lo que se considera aceptable en el discurso político y en el ejercicio del poder. Corrió la ventana de Overton hacia la derecha. Incluso sus adversarios terminaron condicionados por la necesidad de responder a su agenda.

    Las redes sociales fueron uno de los instrumentos centrales de esa transformación. Trump comprendió antes que muchos dirigentes que plataformas como Twitter —hoy X— podían funcionar como un canal directo hacia millones de personas, sin la mediación de los grandes medios de comunicación ni los filtros de la política tradicional.

    Las utilizó para instalar temas, atacar adversarios, desacreditar periodistas, multiplicar controversias y convertir cada declaración en un acontecimiento político. Pero su impacto fue más allá de la comunicación: contribuyó a profundizar una dinámica de polarización en la que los ciudadanos no solo discutían distintas ideas, sino que tendían a organizarse en comunidades enfrentadas, con sus propios relatos y fuentes de información. El algoritmo, la indignación y la circulación de mensajes extremos favorecieron una política de adhesiones emocionales, en la que la confrontación permanente terminó siendo tan importante o más que las decisiones de gobierno.

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    Trump no inventó ese ecosistema, pero supo explotarlo como pocos y convirtió las redes en una extensión de su liderazgo: un espacio donde podía gobernar, hacer campaña y mantener movilizada a su base incluso cuando estaba fuera de la Casa Blanca.

    En el plano internacional, el trumpismo también dejó marcas profundas. La política de aranceles, el cuestionamiento del multilateralismo, las tensiones con los aliados tradicionales de Estados Unidos y la utilización de la presión económica como instrumento diplomático modificaron las reglas de juego.

    Para los gobiernos de la nueva derecha, entre ellos el de Javier Milei, Trump representó y sigue representando una suerte de “faro mundial”: la demostración de que era posible convertir una agenda ideológica radicalizada en una fuerza electoral capaz de alcanzar el centro del poder. Por eso, una derrota del presidente estadounidense también interpela a quienes encontraron en su figura un modelo político y una referencia internacional.

    La pregunta es si estamos ante el final de Trump o ante el comienzo de una etapa diferente de algo que podría llamarse postrumpismo. Porque los liderazgos de la nueva derecha pueden ser menos la causa que la consecuencia de transformaciones sociales profundas en la sociedad.

    Antes que un presidente, Trump fue un personaje construido alrededor de su propia imagen. Heredero de un negocio inmobiliario familiar, convirtió el apellido Trump en una marca omnipresente: lo estampó en rascacielos, hoteles, casinos, campos de golf, corbatas y hasta botellas de agua.

    En los años ochenta se presentó como el arquetipo del magnate neoyorquino, con una torre sobre la Quinta Avenida que llevaba su nombre y proyectos grandilocuentes como el Taj Mahal de Atlantic City, al que definió como “la octava maravilla del mundo”.

    Pero detrás de esa imagen de éxito hubo también una sucesión de negocios fallidos: sus casinos recurrieron varias veces a la protección por bancarrota y, en uno de los episodios más insólitos de su historia financiera, en diciembre de 1990 su padre, Fred Trump, envió a un abogado con un cheque de 3,35 millones de dólares para comprar fichas de casino de 5.000 dólares cada una, y al día siguiente Fred Trump aportó otros 150.000 dólares mediante una operación similar para que el casino pudiera afrontar sus deudas.

    El abogado, que mandó el padre de Trump, se retiró con las fichas sin jugar. De esa manera, el casino recibió dinero en efectivo que pudo utilizar para afrontar sus obligaciones financieras.

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    Trump, sin embargo, consiguió que los tropiezos no destruyeran su marca; por el contrario, convirtió la capacidad de sobrevivir a sus propios fracasos en parte de su leyenda empresarial.

    La televisión terminó de fabricar al personaje: en el programa The Apprentice, vestido de traje, desde una oficina de lujo y con una solemnidad casi teatral, pronunciaba el célebre “You’re fired” (estás despedido) para expulsar a los participantes.

    Era un empresario convertido en espectáculo, un provocador grandilocuente, egocéntrico y hábil para dominar la atención pública, que encontró en la política un escenario todavía más grande para representar el papel que llevaba décadas construyendo.

    Su trayectoria parecía reunir todo aquello que la política tradicional consideraba incompatible con el ejercicio de la primera magistratura de Estados Unidos.

    Sin embargo, llegó a la Casa Blanca dos veces, con una particularidad histórica: perdió la reelección en 2020, abandonó el poder y consiguió regresar cuatro años después. Ese dato histórico también merece destacarse: Trump es el segundo presidente estadounidense que consiguió dos mandatos no consecutivos. El primero fue Grover Cleveland, en el siglo XIX.

    Su historia es también la de una sociedad que cambió sus criterios para elegir a quienes la gobiernan y que encontró en un personaje como Trump una forma de expresar su descontento.

    Su primera victoria en 2016 fue la demostración de que una parte importante del electorado estaba dispuesto a romper con las convenciones de la política, incluso a riesgo de elegir a alguien sin experiencia gubernamental.

    Trump construyó una identidad política alrededor de la confrontación, el nacionalismo económico, la promesa de recuperar una grandeza perdida, con su lema “Make America Great Again”, y la impugnación de las instituciones que, según su relato, habían dejado de representar a los ciudadanos.

    Detrás de esa identidad política también había una geografía social y una nostalgia. Trump logró interpelar a sectores de la población blanca empobrecida —a los que el lenguaje despectivo estadounidense suele llamar white trash— y a comunidades del llamado Cinturón del Óxido (Rust Belt), una región industrial que durante décadas fue símbolo de la prosperidad norteamericana y que quedó marcada por el cierre de fábricas, la pérdida de empleos y el deterioro de sus ciudades. Allí, el sueño americano, basado en la promesa de que cada generación viviría mejor que la anterior, parecía haberse convertido en una promesa incumplida.

    Trump ofreció una explicación sencilla para una decadencia compleja: culpó a las élites políticas, a la globalización, a los inmigrantes y a los acuerdos comerciales, y prometió devolverle al país una grandeza que, según su relato, le habían arrebatado.

    En esa operación recuperó una mitología profundamente arraigada en la cultura popular estadounidense: la de Norteamérica como la “tierra de las oportunidades”, donde un hombre de origen humilde puede conquistar el mundo. Make America Great Again era la promesa de restaurar un pasado idealizado, aunque ese pasado nunca hubiera sido tan próspero ni tan igualitario para todos como sugería la nostalgia.

    Pero su recorrido tampoco fue lineal. En 2020 perdió frente a Joe Biden, se negó a reconocer inicialmente el resultado y dejó como herencia una crisis institucional de una gravedad extraordinaria, cuyo punto culminante fue el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.

    Parecía que ese episodio podía marcar el final de su carrera política. Sin embargo, consiguió transformar sus derrotas judiciales, sus enfrentamientos con el establishment y hasta sus procesos de imputación en elementos de una narrativa de persecución. En 2024 volvió a imponerse en las urnas y protagonizó un regreso excepcional en la historia política norteamericana.

    Trump había conseguido transformar el descontento en una fuerza movilizadora, imponer los temas de discusión y desplazar a sus adversarios hacia una posición defensiva. Incluso después de la derrota electoral de 2020, el trumpismo conservó esa capacidad de marcar el ritmo de la política: convirtió la resistencia a reconocer el resultado, los conflictos judiciales y el asalto al Capitolio en nuevos capítulos de una narrativa de rebelión contra el sistema.

    Sin embargo, transcurrida la experiencia de gobierno, esa intensidad perdió su fuerza. La promesa de una transformación profunda debió enfrentarse con los límites de la administración cotidiana, las contradicciones económicas y el desgaste que producen los conflictos internacionales.

    La guerra con Irán y la escalada de tensiones en Medio Oriente, junto con la continuidad de la guerra en Ucrania, también pusieron en evidencia las dificultades de Trump para traducir su discurso de fortaleza y su promesa de terminar con los conflictos en una política exterior capaz de ofrecer resultados concretos.

    El malestar por el costo económico de esos enfrentamientos, la incertidumbre energética y la percepción de que Estados Unidos vuelve a involucrarse en escenarios bélicos que Trump había prometido evitar comenzaron a erosionar parte de su propio electorado.

    A ese desgaste se sumó la política migratoria y, en particular, la brutalidad de las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Los operativos de detención, las imágenes de agentes encapuchados irrumpiendo en barrios y lugares de trabajo, la separación de familias y el uso de la fuerza contra migrantes y manifestantes formaron parte de una estrategia que buscaba naturalizar la violencia estatal y desensibilizar a la población frente al sufrimiento de quienes eran presentados como una amenaza.

    Pero esa exhibición de autoridad también produjo un efecto contrario al esperado: despertó indignación, protestas y rechazo incluso entre sectores que podían coincidir con la necesidad de controlar la inmigración. La política del miedo, llevada al extremo, comenzó a mostrar sus propios límites cuando la sociedad dejó de ver en esas imágenes una demostración de fortaleza y empezó a reconocer en ellas un ejercicio desproporcionado de violencia.

    Veamos además algunos datos de la economía.

    Trump llegó a las elecciones de medio término de 2026 con una economía que ofrecía indicadores considerablemente peores que los de sus dos antecesores en las elecciones legislativas de 2018 y 2022. Aunque consiguió reducir la inflación respecto del pico que había alcanzado durante el gobierno de Biden (3,7% frente al 8,2%), esa mejora no se tradujo en una recuperación del poder adquisitivo. Los salarios reales todavía caían un 0,4% interanual, la creación de empleo se había desplomado a 68.000 puestos mensuales, frente a los 204.000 de 2018 y los 418.000 de 2022, y el desempleo había trepado al 4%. A esto se sumaba un aumento interanual del 34% en los combustibles, muy superior al registrado en las dos elecciones anteriores.

    El segundo elemento decisivo es la pérdida de confianza. El índice de confianza del consumidor que presenta el gráfico cayó a 46 puntos, frente a 98,6 en 2018 y 60 en 2022, mientras que la aprobación presidencial descendió al 37%, siete puntos por debajo de la registrada durante la primera elección de medio término de Trump.

    La comparación revela una sociedad que dejó de confiar en que el gobierno pueda mejorar sus condiciones de vida.

    La agencia Reuters señaló antes de los comicios que, pese a que la economía estadounidense seguía creciendo y el desempleo se mantenía en niveles históricamente bajos, el malestar por los precios, los aranceles y el encarecimiento de los combustibles dominaba las preocupaciones electorales.

    Las encuestas posteriores confirmaron que casi nueve de cada diez votantes consideraron el costo de vida un factor importante y que cerca de dos tercios responsabilizaron a Trump por los precios elevados.

    Hay un dato de estas elecciones que merece especial atención: la intensidad del rechazo parece haber sido mayor que la del respaldo. La oposición encontró una energía electoral que no necesariamente expresa un proyecto común, pero sí una voluntad compartida de ponerle límites al poder.

    Este fenómeno obliga también a revisar una idea extendida sobre el comportamiento electoral: que los liderazgos radicalizados cuentan con una base de apoyo incondicional, capaz de acompañarlos frente a cualquier circunstancia. La reciente derrota de Flávio Bolsonaro frente a Lula da Silva en Brasil constituye un antecedente significativo.

    La confrontación permanente puede movilizar a los propios, pero también desgastar a los gobiernos; y una identidad política que parecía incondicional puede empezar a resquebrajarse cuando la economía, el empleo y las expectativas personales pesan más que la adhesión a un liderazgo. La pregunta es si estamos ante derrotas aisladas o frente a un cambio de ciclo capaz de poner en cuestión el avance regional de la nueva derecha.

    A Trump todavía le quedan dos años de mandato, una influencia determinante sobre el Partido Republicano y una capacidad de intervención política que no desaparece por perder el Congreso. Los demócratas podrán bloquear iniciativas, investigar a la administración y obligar a negociar. Incluso podrían obstaculizar la gestión impulsando un impeachment. Pero no podrán reemplazar al presidente ni desarmar automáticamente el entramado político, cultural y social que hizo posible su ascenso.

    Tampoco hay garantías de que la reacción contra la nueva derecha se traduzca en una alternativa progresista sólida. La era Trump puede estar ingresando en su fase de declive, pero el mundo que la produjo sigue en una permanente transformación.

    La verdadera pregunta es si los cambios en la sociedad que llevaron al poder inesperadamente a una figura tan controversial están empezando a buscar otras respuestas.

    Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

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    Fuente: PERFIL POLITICA — ver publicación original.

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