Roma, la Ciudad Eterna, es un museo al aire libre donde cada piedra guarda siglos de historia, poder y espiritualidad. Entre sus monumentos más emblemáticos, las iglesias ocupan un lugar privilegiado: basílicas, templos y capillas que han sido escenario de coronaciones, milagros y encuentros decisivos entre la fe y la política. Este viernes, la capital italiana será testigo de un acto de profundo simbolismo: los reyes de España, Felipe VI y Letizia, visitarán la Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro grandes basílicas papales y un santuario mariano con lazos históricos y artísticos que unen a España y la Santa Sede desde hace siglos.
El motivo de la visita no es solo ceremonial, sino también un reconocimiento a la antigua figura del “protocanónigo” que Felipe VI asumirá, consolidando un vínculo histórico-religioso entre la monarquía española y este templo único. La basílica, joya arquitectónica y espiritual, ha sido testigo de acontecimientos decisivos y es, aún hoy, uno de los espacios más venerados y visitados de Roma.
Un título histórico: el protocanónigo español de Santa María la Mayor
El cargo de protocanónigo de la Basílica de Santa María la Mayor es mucho más que un honor protocolario. Con raíces en el siglo XVII, simboliza el papel especial de la monarquía española en la historia de la Iglesia católica y su relación con uno de los templos marianos más importantes de la cristiandad. De hecho, el rey de España es miembro simbólico y principal del cabildo de la basílica, una distinción que subraya la profundidad de los lazos entre ambos países y la relevancia de la herencia española en la Roma papal.
La basílica ha mantenido durante siglos una relación privilegiada con España. En ella se han celebrado misas históricas y han tenido lugar grandes acontecimientos religiosos y diplomáticos. El protocolo, que Felipe VI asumirá este viernes acompañado de la reina Letizia, revive el vínculo y lo proyecta en el siglo XXI como expresión de continuidad y respeto entre España y la Santa Sede.
Historia, milagro y arquitectura singular

La Basílica de Santa María la Mayor domina Roma desde el monte Esquilino desde hace dieciséis siglos. Su fundación está envuelta en leyenda: en el siglo IV, la Virgen se apareció en sueños al patricio Juan y al Papa Liberio, indicando el lugar exacto para construir un templo en su honor. El milagro se conmemora cada 5 de agosto, cuando la basílica recrea una nevada milagrosa con pétalos blancos que descienden sobre los fieles.
La basílica es la única de Roma que conserva su estructura paleocristiana original, aunque a lo largo de los siglos ha sumado elementos medievales, renacentistas y barrocos. La fachada del siglo XVIII, con la Logia de las Bendiciones y su galería de santos y papas, se alza sobre un pórtico de columnas y mosaicos que narran la construcción del templo. El campanario de ladrillo, con sus 75 metros de altura, es el más alto de la ciudad y un emblema inconfundible del skyline romano.
Un tesoro de mosaicos, reliquias y arte universal
El interior de Santa María la Mayor deslumbra al visitante con el brillo dorado de sus mosaicos bizantinos del siglo V, realizados con oro traído de América en tiempos de los Reyes Católicos. La nave central y el ábside están cubiertos de escenas que envuelven al visitante en una atmósfera única, mientras el suelo de mármol y las columnas jónicas, muchas procedentes de templos paganos, recuerdan la Roma más antigua.
Entre sus tesoros destaca la imagen de la Salus Populi Romani, protectora del pueblo romano y objeto de especial devoción para el papa Francisco, que suele orar ante ella antes de cada viaje internacional. Las capillas laterales, como la Capilla Paulina o la Capilla Sixtina (del Belén), albergan relicarios, esculturas y retablos de incalculable valor. El belén encargado por el papa Nicolás IV, obra de Arnolfo di Cambio, es considerado el más antiguo conocido.
El recorrido por la basílica es un viaje por la historia del arte y la fe: mosaicos medievales, frescos renacentistas, cúpulas barrocas y el resplandor de un techo dorado que ha sido testigo de coronaciones, milagros y visitas de santos y papas. Entre sus muros, San Ignacio de Loyola celebró su primera misa en 1538, y hoy sigue siendo uno de los lugares más queridos por la comunidad católica internacional.