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    La jueza Paula Castro: “No necesitás un padrinazgo político para llegar a ser juez”

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    La jueza Paula Castro: “No necesitás un padrinazgo político para llegar a ser juez”

    La vida de jueza que Paula Castro imaginaba de adolescente tenía algo de las películas y las novelas policiales que leía de chica. De hecho, “Philadelphia”, el drama judicial con Tom Hanks y Denzel Washington, fue lo que dio el empujón que la llevó primero a estudiar Derecho y, después, a buscar un lugar en Tribunales.

    Lo que encontró a los 18 años, cuando ingresó a trabajar en el Poder Judicial, era menos espectacular: expedientes cosidos a mano, gente que esperaba carpetas en una mesa de entradas y un cotidiano muy distinto (y muy distante) a la fantasía del cine y la literatura. Paula empezó como meritoria, recorrió todos los escalafones de la carrera y hoy es jueza de la Sala F de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil y, hace poco menos de un mes, consejera de la Magistratura.

    En esta entrevista de Sr. Juez, un ciclo semanal dedicado a explorar las experiencias, pasiones y dilemas que moldean el pensamiento de los jueces más importantes del país, Castro repasa ese recorrido, explica por qué cree que no hace falta un padrinazgo político para llegar a ser juez y analiza los desafíos de un Poder Judicial atravesado por vacantes, demoras, presiones y la necesidad de acercarse a quienes buscan una respuesta en los tribunales.

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    —¿Siempre soñó con ser jueza?

    —La verdad que no. Te cuento un poco cómo llegué a esta profesión. Mi familia no tiene nada que ver con el Derecho. Mi padre trabajó en un laboratorio, luego tuvo una inmobiliaria. Mi madre es profesora de inglés de niños. Así que en mi casa no era una casa judicial ni una casa que se dedicara al Derecho, por lo cual fue toda una novedad en mi familia.

    Siempre soñé con esto intuitivamente. Leía mucho de chica: novelas policiales, Agatha Christie, siempre casos. Después, cada vez que veía películas vinculadas con los juicios, me impactaba, me gustaba, me encontraba en un ámbito que me fascinaba. Y la llave final fue cuando vi Philadelphia, una película sobre la discriminación hacia un abogado que tenía una enfermedad. Eso me llevó para el lado de la Justicia y del Derecho. Primero del Derecho y después de la Justicia. No tenía vínculos con el Poder Judicial, por lo cual mi primera definición fue estudiar Derecho.

    —Mucha película estadounidense.

    —Sí, de juicios.

    —¿Y con qué se encontró cuando entró al mundo judicial?

    —Con otro mundo. Igual era pequeña. Salí del colegio y entré al Poder Judicial. No tenía vínculos con el Poder Judicial, solo un amigo de mi padre que supo que quería estudiar Derecho. Era un amigo muy cercano, que fue un poco mi guía en esta experiencia de entrar en Tribunales. Me llevó un día a un juzgado civil y me mostró lo que era Tribunales, al mismo tiempo que yo empezaba a estudiar la carrera. Tenía 18 años y recién empezaba este camino.

    Ya tenía definida esta carrera. Durante el quinto año avancé con el CBC a distancia, lo hice libre. Tenía claro que quería ese camino, un poco por mi carácter, que siempre fue —y lo es— de solucionar conflictos, de encontrar los puntos en común, de conciliar, de suavizar los problemas de la gente. Me pasa en todos los ámbitos.

    Con Miguel llegué al juzgado y vi un mundo que no tenía nada que ver con lo que uno veía en la tele, ni mucho menos con un juicio, con un jurado o con el ámbito penal. Eran expedientes, papeles, cosiendo expedientes a la antigua. Mucha gente que iba y venía por la mesa de entradas pidiendo carpetas. Pero me impactó, me gustó de otra manera.

    —Menos espectacular.

    —Menos espectacular, más cotidiano, más de la vivencia diaria. Empecé como meritoria. En aquella época, hace ya un poco más de 30 años, empezábamos de ese modo: trabajábamos sin sueldo, haciendo mérito para llegar a un lugar. Algún día, después de dos años, llegó el nombramiento, que era lo que más deseaba en ese momento.

    Después llegamos a la realidad: las deficiencias que tiene el sistema, las carencias. También lo humano, porque ahí conocí a un montón de gente. De hecho, con muchos y con la mayoría sigo teniendo un vínculo al día de hoy. Cada uno siguió su camino, su carrera, y hemos ido caminando juntos.

    —¿Cuántos años de carrera judicial hizo hasta llegar al cargo de jueza?

    —Veinte años. Ingresé como meritoria y transcurrí todos los escalafones de la carrera judicial. Me parece importante porque nos permite conocer todos y cada uno de los puntos de la carrera, las necesidades que uno compatibiliza y ve en cada momento. Hasta llegar al cargo de funcionaria, que quizás es el primer hito donde una empieza a tener una responsabilidad sobre la gestión y el liderazgo de un equipo de trabajo. Son muchos años de formación.

    —Veinte años de formación. Y aun así uno piensa, bueno, hay una polémica en torno a cómo se nombran los jueces, cómo acceden a ese cargo, si es necesario un padrinazgo político tal vez para llegar a ser juez.

    —No necesitás un padrinazgo político. Necesitás trabajo, compromiso, capacidad de trabajo, vocación de servicio. Hay ideas preconcebidas por la falta de comunicación que tiene el Poder Judicial, por la falta de transparencia en algunos puntos.

    Con falta de comunicación me refiero a que no se conoce el día a día común de un juez o una jueza. La sociedad conoce al Poder Judicial a través de casos mediáticos, de determinados puntos de la Justicia que tienen más que ver con casos de corrupción o muy grandes. Pero el 90 % de los jueces lidiamos con las contingencias que vive el común de la gente, el ciudadano de pie, desde que nace hasta que muere: un accidente de tránsito, un despido, una sucesión, un divorcio o un problema familiar.

    Los jueces civiles, comerciales y laborales trabajamos con la cotidianidad de la gente. Eso es lo que llega todos los días al tribunal. El ciudadano nos ve de otro modo cuando toma contacto con cada uno de nosotros, nos ve cara a cara y advierte que nos hacemos cargo de su problema. Puede estar o no satisfecho con la decisión, pero ve a la magistrada o al magistrado comprometido con esa situación.

    Creo que el camino para encontrar una mejor comunicación con la sociedad está en construir confianza. Como en la vida: a partir de la conducta, la responsabilidad, el trabajo y de cumplir con lo que uno debe cumplir. Por eso, no creo que haga falta un padrinazgo político. Hay necesidad de compromiso, trabajo, de forjar una carrera y de capacitarse. Yo no dejé nunca de capacitarme, desde que me recibí hasta hoy.

    —¿Cuáles son las habilidades que tendría que desarrollar hoy en día una persona que aspira a ser juez?

    —Primero, una formación jurídica constante y en evolución. Segundo, aprender habilidades blandas que le permitan liderar equipos. Nos preparamos en lo jurídico y en lo técnico, pero el juez es mucho más que eso, la jueza es mucho más que eso. Tiene que llevar adelante un equipo de trabajo, tiene que ser recursos humanos, gestor, líder; tiene que resolver conflictos y ver cómo se manejan los problemas de personal.

    Todo eso hace a la formación de un buen juez. Si el juzgado o la sala no funcionan de una manera diligente, armoniosa y amable, difícilmente las causas puedan avanzar como todos queremos. Hay que trabajar con eficacia, eficiencia y capacidad técnica, pero también aprender el manejo de las habilidades blandas. En la Escuela Judicial que desarrolla el Consejo de la Magistratura a través del Profamac se trabajan mucho estas habilidades que complementan lo técnico.

    A cualquiera que quiera iniciar este camino le diría que se atreva, que estudie y que sea proactivo. Una tiene que mostrarse liderando y haciendo para que el resto también lo vea. Y esto se lo digo mucho a las mujeres: hay que atreverse, sin miedo y sin temor a equivocarse, aunque a veces no salga, pero avanzando.

    —¿Veía la posibilidad de acceder al cargo de jueza siendo mujer?

    —Te voy a contar una experiencia mía que me sirvió mucho. Cuando llegué al cargo de funcionaria, lo primero a lo que me invitaron fue a participar en la Asociación de Magistrados y Funcionarios. No por una idea de corporativismo, sino para encontrar pares con los cuales trabajar y aprender.

    Tengo 20 años de trabajo diario en la Asociación de Magistrados, en distintos roles. Me dediqué mucho a la capacitación, que es una pasión para mí. También a la facultad, por el contacto con los jóvenes que estudian Derecho y tienen una expectativa como la que yo tenía a los 18 años. Eso también permite ver los vaivenes institucionales y cómo podemos transitar un camino de cambio, sobre todo las mujeres: ganar territorio, espacio y confianza.

    Eso se logra con perseverancia, trabajo, esfuerzo y proponiendo siempre cosas. Desde el momento en que fui funcionaria, cuando una mujer confió en mí para darme ese cargo, hasta hoy, entendí que también es esencial lo colectivo: trabajar en equipo, trabajar con otras mujeres.

    Hay que desmitificar la creencia de que las mujeres no podemos trabajar en equipo. Hay muchas mujeres que inspiran y creo que quienes venimos en un camino un poco más avanzado tenemos que ocuparnos de eso: de inspirar a las más jóvenes y permitirles llevar esta idea de progreso, de que se puede avanzar en la carrera.

    —¿Qué muestran las estadísticas sobre la presencia de las mujeres en la Justicia?

    —Las mujeres hemos ganado mucho terreno. Hoy hay muchas camaristas, juezas, defensoras, fiscales, académicas y funcionarias. En el último mapa de género que hizo la Oficina de la Mujer hay un dato importantísimo: casi el 60 % de la integración de los poderes judiciales a nivel nacional, federal y provincial tiene composición de mujeres. Es un 58 % en todos los estamentos.

    Pero cuanto más subimos en la escala jerárquica, esto disminuye notablemente. Si vamos al estadio más alto, a las cortes y a las defensorías y fiscalías generales, el número baja al 30 %. Hemos ganado mucho, pero tenemos mucho para trabajar también. Hay desafíos y todavía ciertos sesgos vinculados con mandatos que se endilgan a la mujer.

    —Son mandatos o… ¿qué pasa? ¿Por qué las mujeres no terminan de acceder en igualdad a los hombres a los altos cargos del Poder Judicial?

    —Por este techo de cristal. Todavía, aunque no nos demos cuenta —y no lo digo solo por los hombres, también por las propias mujeres—, hay sesgos respecto de qué puede hacer una mujer y qué no puede hacer, qué rol se considera predominantemente masculino y cuál predominantemente femenino.

    Hay fueros que se asocian más a la mujer, como Familia, Civil o Menores. Hay un estereotipo de género que vincula a la mujer con lo emotivo, la familia, los cuidados y las tareas de cuidado. Al hombre lo vincula con lo racional, lo productivo, la eficacia. Esto hoy está en crisis. Vemos ejemplos de mujeres que lideran en cada uno de esos espacios. Estas divisiones están quedando fuera de moda por el propio trabajo de la mujer, que ha demostrado con compromiso, vocación de servicio, perfeccionamiento y desempeño que es tan idónea como el hombre.

    Sobre eso, hoy la mayoría no tiene dudas, pero hay que seguir trabajando porque a lo largo y a lo ancho del país todavía se ven diferencias, y las vemos objetivamente en las estadísticas. Por eso fue importante que en 2022 se elaborara en el ámbito del Consejo de la Magistratura un protocolo que asegura la inclusión de mujeres, particularmente en el caso de las consejeras juezas. Hay que reconocer los progresos, pero también que siguen existiendo obstáculos.

    —¿Vivió alguna situación o tuvo la sensación de que por ser mujer había cosas que eran más difíciles?

    —Sí. Muchas veces, sobre todo cuando todavía estamos forjando nuestro lugar, tenemos que demostrar más. Demostrar que nuestra vida familiar no va a interferir en la productividad del trabajo.

    Cuando todavía era empleada, tuve una entrevista para un cargo. Habíamos quedado dos personas. En la entrevista con dos camaristas, que eran mujeres, me hicieron una pregunta que no tenía nada que ver con el desarrollo profesional ni con los exámenes que habíamos tenido. Me preguntaron si ese año pretendía ser madre. Como era una mujer joven, la pregunta fue si pensaba ser madre.

    Salí de la entrevista y lo primero que pensé fue… a mi marido no le hubieran preguntado si iba a ser padre o si tenía planes de serlo. Se naturaliza que toda la tarea de cuidado familiar recaerá en la mujer y que eso va a mermar el rendimiento profesional. Y la pregunta no vino de hombres, vino de las propias mujeres.

    Es un ejemplo que nos pasa a casi todas. Tengo amigas de mi edad y les pasó a casi todas. Si hay una vida familiar, se supone que esa persona va a rendir menos y entonces se elige a un hombre. Eso implica un doble esfuerzo, no para el trabajo que una va a desarrollar, porque lo iba a desarrollar igual, sino para demostrar que por ser mujer no hay una merma.

    —¿También hay una desventaja en los ámbitos de sociabilidad, incluso fuera del horario laboral?

    —En líneas generales, sí. Con amigas que hablamos de este tema muchas veces lo mencionamos. El hombre tiene la posibilidad, o el recurso, de ciertas actividades en las que se encuentran solos: el partido de fútbol, el de tenis, el asado, fumar un cigarrillo.

    No hay que quejarse ni criticar eso, sino aprender a generar nuestros propios apoyos colectivos: mujeres que podamos juntarnos, compartir puntos de contacto, aprender de nosotras mismas y ser un apoyo para todo este camino, como lo son los hombres. Tengo muchos amigos varones que generé a lo largo de estos 30 años en el Poder Judicial, a quienes adoro y que me ayudaron enormemente.

    Pero para las chicas que están empezando a estudiar una carrera y piensan cómo desarrollarse, tanto en el Poder Judicial como en el ámbito privado, las mujeres tenemos que apoyarnos y acompañarnos más. Eso también va a ayudar a revertir esta pirámide que se va achicando hasta que llega un punto en el que es más difícil llegar. Los obstáculos existen.

    Tampoco hay que naturalizar que, si hay que comprar un regalo de cumpleaños, se lo damos a Laurita; si hay que preparar el almuerzo de fin de año, se lo damos a María. Eso lo puede hacer Jorge Pérez, Juan o cualquier persona, del género que sea. Esa naturalización nos complica.

    —¿Tiene que haber una mujer en la Corte Suprema?

    —Tiene que haber una mujer en la Corte. Las mujeres tenemos que estar en esos ámbitos. Hay distintas miradas, distintas formas de leer la realidad, distintas visiones. No tiene que haber una mujer porque necesariamente sea mujer, sino por esa otra lectura.

    La realidad del día a día está compuesta por hombres, por mujeres, por gente de cualquier género y por diversidades. Así como en el Consejo decimos que tiene que haber hombres, mujeres y jueces de diversos estamentos —de primera instancia, de cámaras, del interior— porque cada uno conoce las necesidades de su colectivo, también es importante esa representación.

    Son muy pocas las mujeres que llegan a ese estadio superior en la Corte Nacional. Por supuesto que tiene que llegar por sus méritos, no por el hecho de ser solamente mujer. Dentro de las mujeres hay gente fantástica, muy preparada y estudiosa, que aportaría una mirada y una sensibilidad distinta. Hay enormes mujeres para pensar en la Corte. Espero que, cuando se complete, vaya en ese camino.

    —¿Qué tiene que cambiar en el Poder Judicial?

    —Fundamentalmente, tiene que ver de qué manera se acerca a la gente. Todos los poderes del Estado tienen situaciones de tensión con la sociedad, pero el Poder Judicial tiene que empezar a dar respuestas. ¿Cómo? Mejorando el servicio de Justicia.

    La gente quiere que sus problemas se resuelvan en un tiempo ágil, de un modo eficaz y profesional. No quiere que un proceso termine cuando ya no le sirve. Un proceso que dura diez años no soluciona la vida de nadie, llega tarde para todo. Incluso el trabajo que realiza el juez o la jueza ya no tiene sentido.

    Los principales desafíos son la agilización de los procesos, la cobertura de vacantes y procesos de selección que no duren tanto tiempo. Tienen que llegar los más idóneos y tiene que haber una transparencia que permita entender, dentro del marco de discrecionalidad que tiene el Poder Ejecutivo, que llegan los más preparados para solucionarle el problema a la gente.

    También hay que robustecer la independencia judicial. Elegir bien a los jueces y que los jueces sean libres de decidir lo que crean que tienen que decidir en cada caso concreto, sin presiones y sin procesos disciplinarios por el contenido de sus sentencias. Si un juez se equivoca, está la vía recursiva para revisar sus fallos. Pero que pueda resolver libremente asegura, no al juez, sino al ciudadano, un mejor servicio de Justicia.

    —¿Los jueces están sometidos a muchas presiones?

    —Los jueces tienen que vivir con presiones. Vivimos constantemente sometidos a presiones, que pueden ser mediáticas o del poder. También puede ser la presión por el resultado de un proceso y sus repercusiones. Cada fuero es distinto, hay procesos de más trascendencia que otros, pero la presión existe y el juez, con experiencia, sabe manejarla.

    —¿Usted cómo las maneja?

    —Yo me manejo con los casos. Veo el caso y tomo una decisión con base en el expediente y en lo que pasa allí. El resto es de palo. Cuando una se mete en el expediente, ve los casos y toma contacto con las personas que intervienen en el proceso, las presiones se dejan de lado.

    Ahora se trabaja en un proyecto de oralidad civil. Eso es fenomenal, porque las presiones también se desvanecen. Veo cara a cara al justiciable y ahí es más difícil que algo externo interfiera. Una escucha a la gente, resuelve el problema con lo que hay en el expediente y con eso estamos bien.

    —¿Se deja de ser jueza en algún momento del día?

    —No dejamos de ser personas de carne y hueso. Tenemos familia, amigos, pasiones, hobbies. Dejamos de ser jueces cuando nos vamos del ámbito donde nos corresponde ese rol. Luego hay una vida. Al menos yo no vivo todo el día de juez.

    —¿Qué le gusta hacer?

    —Me gusta mucho viajar, conocer otras culturas, compartir tiempo con amigos, amigas y familia. Tengo algo olvidado el deporte. De chica me inculcaron mucho el deporte: jugaba al tenis y nadaba. No tengo tanto tiempo libre en este momento, con todas las tareas que una tiene, pero es uno de los desafíos: volver a conectarme con el deporte, porque hace muy bien y es otra forma de aprender a trabajar en equipo.

    —¿Sigue leyendo ficción?

    —Sí, por supuesto. Leo más Derecho que ficción, pero cuando puedo y tengo tiempo libre, sí. Es un poco mi cable a tierra, junto con la docencia. Aunque parezca que la docencia está vinculada con el Derecho, hay días llenos de cosas, compromisos y actividades, y pienso: “¿Para qué me metí en esta clase? ¿Para qué voy a dar este tema?”. Pero llega el horario, sea una clase de grado o una clase para empleados de la Cámara de mi fuero, y me olvido del mundo. Me gusta transmitir conocimiento de una manera sana.

    —Como una especie de meditación.

    —Puede ser, porque es el único momento en que puedo cortar el teléfono, dejarlo a un costado y conectarme con la clase.

    Fuente: infobae/politica — ver publicación original.

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