“Algún día una calle o un barrio de esta provincia llevará su nombre”, desafió Raúl Alfonsín, mientras policías de uniforme y de civil escuchaban a escasos metros del féretro que contenía los restos de Mario Abel Amaya. El Petiso, para algunos, Abel para otros, había muerto en el hospital de la cárcel porteña de Villa Devoto el 19 de octubre de 1976, a las 22:20, según el Servicio Penitenciario. Con tono marcial, explicaron que una afección cardíaca y su cuadro de asma habían provocado el deceso. Nada decía de las torturas y el calvario que había sufrido desde su secuestro, junto a Hipólito Solari Yrigoyen, en la madrugada del 17 de agosto. Un centenar de colegas de la docencia y el Derecho, vecinos y familiares despedían y escuchaban a ese abogado de pelo engominado que había llegado en vuelo desde el aeroparque metropolitano, junto al cajón funerario.
A 50 años del crimen de Mario Abel Amaya, el defensor de presos políticos que originó el «Trelewazo», fue candidato estando detenido y al que Alfonsín lloró










