El presidente Javier Milei busca cadáveres en la calle para medir la crisis.
Javier Milei se pelea con las encuestas y los periodistas, para contrarrestar la idea de que en los hogares no se llega a fin de mes. Repite que si ello fuera cierto la calle estaría llena de cadáveres. El razonamiento parece simple: el que no come se muere, y como nadie se muere, todos comen. Pero solo llegar al 20 y no a fin de mes no significa morir de hambre. Significa llegar de otra manera. Y esa otra manera es lo que muestran las encuestas y los relatos de los entrevistados en todo el país.
El primer dato es el cambio de hábitos. Según nuestras mediciones, el 53% de los argentinos debió cambiar sus hábitos de compra. No compran lo que quieren sino lo que pueden y pueden poco. En el nivel bajo-bajo la cifra trepa al 68%. Solo un 27% de los encuestados dice que sus ingresos le alcanzan. Un 31% declara que ni siquiera cubre sus gastos mínimos.
El segundo dato es el endeudamiento para gastos cotidianos. El 26% pidió plata prestada. El 21% se endeuda con la tarjeta y el 14% recurre a sus ahorros, lo que muchas veces quiere decir vender los dólares que tenía guardados. Los entrevistados nos relatan cómo estiran el mes: usan la tarjeta para comprar comida, recurren a los préstamos de billeteras virtuales, piden a amigos o familiares y también al prestamista del barrio. Son deudas que en el circuito informal se renuevan mes a mes. Y en ese mercado, el del prestamista del barrio (muchas veces un narco), si no hay dinero para pagar, les quitan la bicicleta o el televisor.
El tercero es la mesa. En los sectores bajos, un relato que se repite es que se saltean comidas: se almuerza y no se cena. “Mi marido y yo cenamos unos mates”. En los sectores medios, la carne desapareció del menú. Las maestras nos cuentan algo que se repite sistemáticamente: chicos que les dicen “Seño, hoy no he comido”. Las escuelas vuelven a funcionar como comedores. Para muchos, esta Argentina se empieza a parecer a la de 2001/2002.
El cuarto es el trabajo. Para sobrevivir aparece el pluriempleo: dos o tres changas, salarios cobrados en cuotas, la aplicación como salida. “Ser un Uber o un Rappi”. Trabajar más horas y, aun así, no alcanzar.
En la clase media el ajuste sigue: prepaga, colegio privado, salidas, gimnasio, vacaciones. La capacidad de ahorro es cero. La mayoría de los entrevistados de nivel medio se autoubica como clase baja o media baja. “Tengo un doctorado y hoy soy casi una indigente” es un relato repetido.
También cambia la mirada sobre la inflación. Se reconoce que ya no está desbocada, pero algo más del 50% no cree en el índice oficial, un 33% cree en el índice pero dice que los ingresos no le alcanzan y solo un 14% cree en el índice y no tiene problemas económicos.
Hasta aquí, los datos de nuestros estudios. Veamos los datos oficiales. Según el INDEC, en el primer semestre de 2026 la pobreza llegó al 32,3% y el 7,5% de las personas no cubría la canasta básica alimentaria: 2,2 millones de personas en los grandes centros urbanos, unos 3,5 millones si proyectamos el dato a todo el país.
Para la mayoría, no llegar a fin de mes es endeudarse y recortar. Para más de 3 millones de argentinos, es no cubrir siquiera la comida.
Nadie se muere en la calle por solo llegar al 20. Pero el costo se ve en las palabras con que los participantes describen el momento del país. Angustia, incertidumbre y preocupación aparecen en todos los segmentos. En los niveles bajos se suma desesperación. Entre los votantes de Milei desilusionados, decepción y traición. Una frase lo sintetiza: “Hoy en Argentina no se vive. Se sobrevive”.
El Presidente busca cadáveres en la calle para medir la crisis. La crisis está en otro lado: en la deuda que se renueva, en la cena que se saltea, en el segundo trabajo y en la angustia de no saber si el mes que viene se podrá repetir la hazaña.
*Consultor y analista político.










