Un equipo de instituciones científicas y museos de Escocia logró reconstruir partes de la historia de vida de dos cachalotes y tres orcas a partir de sus dientes, mediante el análisis de radiocarbono liberado por antiguas pruebas nucleares y de isótopos estables.
El estudio, publicado en Frontiers in Marine Science y divulgado por Phys.org, examinó ejemplares que habían muerto varados en costas escocesas durante décadas anteriores.
La investigación fue dirigida por científicos del Centro de Ciencias Isótopas SUERC, con participación de las universidades de Glasgow, Edimburgo y St Andrews, además de los Museos Nacionales de Escocia.
El trabajo se basó en una característica de los dientes de las ballenas: sus capas de crecimiento, similares a los anillos de los árboles. Los investigadores comprobaron que estas marcas se forman una vez al año durante la juventud y la mediana edad, aunque pueden dejar de ser un indicador preciso al llegar a la vejez.
La huella nuclear en los dientes
A mediados del siglo XX, las pruebas atmosféricas de armas nucleares liberaron grandes cantidades de radiocarbono; ese material llegó tanto a ecosistemas terrestres como marinos y dejó una señal reconocible en organismos que vivieron durante ese período.
El equipo empleó un espectrómetro de masas con acelerador que permite medir la cantidad relativa de radiocarbono en cada capa dental. Al contrastar esos datos con el aumento y la posterior caída del marcador radiactivo tras el cese de las pruebas, pudo determinar cuándo se habían formado diferentes segmentos del diente.
Además, analizó isótopos estables de carbono y nitrógeno: son variantes de elementos químicos que permiten identificar cambios en la alimentación y ofrecen indicios sobre las zonas en las que los animales buscaron alimento. La combinación de ambos métodos permitió obtener datos sobre la edad, la dieta y los movimientos de las ballenas.
El autor principal, Kieran Tierney, explicó que el estudio responde a dudas que conservaba desde niño sobre Moby, un cachalote varado en 1997: “¿Cómo pudo morir tan repentinamente este animal tan grande e impresionante? ¿De dónde venía? ¿Qué tipo de vida había tenido?”
Moby tenía al menos 43 años cuando murió
Uno de los casos estudiados fue ese ejemplar, un cachalote cuyo cráneo se expone en el Museo Nacional de Escocia. El animal quedó varado en las marismas, zonas de terreno bajo y húmedo, del estuario del Forth.
Las capas más internas de su dentadura se habían formado antes de que la lluvia radiactiva de las pruebas nucleares alcanzara el medio marino. Por ello, el equipo no pudo fijar una edad exacta, aunque sí concluyó que Moby tenía, como mínimo, 43 años.
El segundo cachalote había quedado varado en una playa de las Orcadas en 1994 y era más joven que el anterior. En ambos animales, el patrón de las capas dentales coincidió de forma estrecha con el registro de carbono-14, lo que respalda que se formaron anualmente.
Los dos cachalotes mostraron un aumento de los isótopos de nitrógeno a medida que envejecían. Ese resultado coincide con estudios previos, según los cuales los machos nacen en aguas subtropicales, se trasladan a zonas más frías y de mayor latitud al madurar, y buscan presas más grandes en aguas profundas al alcanzar 12 metros o más.
Una orca macho habría vivido 65 años o más
Los dientes de las tres orcas también ofrecieron resultados distintos. Un macho varado en Shetland en 1995 presentaba una secuencia de capas anuales y probablemente era más joven que Moby cuando murió.
En cambio, otro macho, hallado en South Uist en 2015, parecía tener unos 50 años si se contaban las capas de su diente. Sin embargo, el rastro nuclear indicó que había nacido antes de que las pruebas de armas nucleares alteraran los niveles de ese elemento en el mar.
Los investigadores concluyeron que los estratos dentales se comprimieron progresivamente y dejaron de registrar con claridad el paso del tiempo. La señal de radiocarbono situó su edad en torno a 65 años, o incluso por encima de esa cifra, por lo que figura entre los machos de orca más longevos documentados.
Aunque presentan límites, las capas dentales brindan información anual, sostuvo Tierney. Indicó que nuevas pruebas demuestran su depósito anual, si bien esa fiabilidad quizá se extienda solo hasta determinado momento de la vida.
El diente de Lulu conservó la señal de Sellafield
La tercera orca analizada fue Lulu, integrante de la comunidad de orcas de la costa oeste. El animal apareció muerto en la isla de Tiree en 2016, con señales de haber quedado atrapado en redes de pesca.
Su diente no contenía la marca asociada a las pruebas de armas nucleares. En su lugar, registraba la llamada “señal de Sellafield”, vinculada al radiocarbono descargado en el mar de Irlanda por la planta de reprocesamiento nuclear de Sellafield y transportado hasta el oeste de Escocia.
La intensidad de esa huella indica que Lulu se alimentó principalmente en la costa occidental durante su vida. El macho localizado en South Uist no presentaba el mismo marcador, lo que sugiere que no integraba aquella comunidad.
Los isótopos estables también reflejaron diferencias en sus dietas: Lulu tuvo los valores de nitrógeno más altos, compatibles con el papel de superdepredadora y una mayor proporción de mamíferos marinos en su alimentación.
Los valores fueron inferiores en el macho de Uist y todavía menores en el de Shetland, lo que apunta a un consumo relativamente mayor de peces.
El estudio se limitó a cinco animales, pero sus autores consideran que puede mejorar las estimaciones de edad y los registros biográficos de cetáceos. “La eficacia de la conservación y la gestión de las poblaciones de mamíferos marinos depende de lo bien que comprendamos sus ciclos de vida y su ecología”, afirmó Tierney.
Fuente: Infobae — Internacionales — ver publicación original.












