Las midterms no son las primarias anticipadas para la carrera presidencial de 2028 porque en el sistema electoral norteamericano no existen dudas: las primarias de los partidos se harán y sólo de ahí saldrán los candidatos a la sucesión de Trump. Pero sí hay un efecto político anticipatorio: en las elecciones de ayer asomaron los nombres de los aspirantes a competir.
La composición final de las dos cámaras del Capitolio marcará el tono político del fin de mandato de Trump, pero la tendencia general del voto es lo que conviene observar en la perspectiva de 2028.
El clivaje de esta elección que pasó fue la validación o el rechazo a Trump. Hacia adelante eso termina. Comienza el proceso de detección de los nuevos motivos del voto: qué temas se imponen como prioritarios y qué propuestas y liderazgos tienen para ofrecer los partidos a las nuevas demandas.
Daron Acemoglu, el premio Nobel que ganó esa distinción por subrayar la importancia del buen funcionamiento institucional en las economías prósperas, dijo que ganar sólo por el rechazo a Trump es un riesgo que deben recalcular los demócratas. En especial si no logran ofrecer un nuevo “liberalismo de clase trabajadora” a la base de votantes que abandonó al privilegiar la representación de colectivos identitarios. Eso que en términos de la disputa cultural se denominó como el pensamiento woke.
Para los republicanos, la revisión a la que obligan las elecciones es similar: también a su modo se alejaron de su base. Por caso, las políticas arancelarias impactaron en los votantes rurales y la dureza de los métodos para controlar las normas migratorias alejó al electorado latino que había votado antes masivamente por Trump. Y en general, la economía amenazada por la inflación en un contexto de dos guerras abiertas con impacto en los costos de la energía.
El sistema de encuestas venía registrando dos precandidatos republicanos a la sucesión de Trump: el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. Vance aventajaba a Rubio, aunque no por mucho.
Ambos representan vertientes diferentes en el espacio republicano. Vance llegó al poder desde los márgenes del sistema político; Rubio es un exponente más homologable al establishment republicano. El principal atributo de Vance ha sido la lealtad a Trump, el valor de Rubio es la extensión de su carrera partidaria, puesta en juego en el área clave de la política exterior.
Algunos analistas sostienen que ambos expresan una grieta apenas soterrada en Washington. “De un lado están quienes creen que el problema de Occidente es haber descuidado su herencia democrática liberal”, dice la periodista Karina Mariani. “Del otro, quienes creen que el problema es justamente esa herencia. Se los conoce como posliberales y para ellos, el liberalismo clásico que dio lugar a las democracias liberales es el culpable de disolver el sentido comunitario, la familia y la fe”.
Rubio está entre los primeros, como demostró hace poco en un discurso nítido que pronunció desde Atenas, cuna de la democracia occidental. Si Vance refleja mejor el segundo concepto es algo que en Argentina podrá observarse de manera directa, si se confirma la visita anunciada del vice de Trump una vez que concluya el viaje del papa León XIV.
Pero en la escena republicana hay que mirar ahora cómo se procesa la transición de salida de ese liderazgo doblemente inesperado que ha sido Trump. Esa dinámica recién comienza.
En el espacio demócrata los sondeos venían privilegiando a Kamala Harris, la última candidata presidencial que asomó de urgencia cuando Joe Biden declinó su postulación y perdió con Trump. Harris ha dado señales de querer intentarlo de nuevo, pero otro político de la enorme California pretende competir en 2028.
Se trata de Gavin Newsom, que está concluyendo su segundo mandato como gobernador del Estado donde residen las industrias del sector más competitivo en términos estratégicos para Estados Unidos: las tecnológicas que lideran en la Inteligencia Artificial.
Newsom se presenta como un político más al centro en relación con la novedad que el anti-trumpismo generó en la oposición: la aparición de los demócratas socialistas, a la izquierda del partido que ayer ganó.
En los antecedentes son herederos del veterano Bernie Sanders. Pero su agenda viene cargada de tópicos más intensos, desde lo identitario y desde lo económico.
Es el espacio de Alexandría Ocasio Cortez, que ganó otra vez por un distrito de Nueva York, donde hace poco se impuso sorpresivamente el ahora alcalde Zohran Mamdani. Y también es el espacio de Abdul El-Sayed, candidato islámico al Senado por Michigan, que contó en campaña con el apoyo explícito del expresidente Barack Obama.
Las diferencias programáticas entre los demócratas más centristas, al estilo de Hillary Clinton, y los que ahora avanzan desde la izquierda son significativas.
Pero además hay que considerar el efecto novedoso que instalaron los ganadores inesperados del martes.
Desde Georgia, asoma Jon Ossof, al que identifican con el estilo personal de Obama. En Texas, James Talarico consiguió un triunfo en la ciudadela más poderosa del aparato republicano.
Y en Florida, el saliente gobernador republicano Ron de Santis lanzó tras la derrota el desafío abierto para su partido: el legado de Trump es un Congreso y gobiernos estaduales donde los republicanos necesitarán varias elecciones para recuperar lo perdido.
Fuente: Diario Río Negro — Regionales — ver publicación original.












