En la charla cotidiana de muchos rioplatenses, y en particular en Buenos Aires, un café puede ser un “cafecito”, una espera un “ratito” y una ayuda un “favorcito”. El diminutivo permite ajustar el tono de lo que se dice y distancia con quien escucha, más que describir el tamaño de las cosas. El habla cotidiana convierte el diminutivo en una señal de cercanía No hay un único motivo que explique por qué estas formas aparecen con tanta facilidad en intercambios en la región. Su frecuencia se vincula con funciones que el sufijo suma a la conversación: afecto, familiaridad, cortesía, atenuación, intensidad e ironía. El efecto concreto surge del contexto, entonación y vínculo entre las personas. Una investigación de la Universidad Nacional de La Plata analizó 24 conversaciones informales entre estudiantes universitarios argentinos de 18 a 28 años. Realizó 30 encuestas a hablantes de características similares.
Fuente: Infobae — Internacionales — ver publicación original.








