Ante una sala colmada, con el sospechoso callado (primera paradoja tratándose de El Ruido), el juez, en el comienzo de la audiencia, aportó otra peculiaridad: enfatizó el pedido de silencio a los presentes.
Enseguida, el fiscal comenzó a emitir sus cargos. Lo consideró enemigo del sosiego y la concordia. Persuadido de que era muy nocivo, se preguntó por qué algunos se empeñan en imitarlo.
Su alud de quejas no concluyó allí. Sumó ejemplos. Trajo a colación la realidad de locales bailables en los cuales parejas ávidas por encender idilios, soportan música estridente. Circunstancia que sofoca el diálogo y obliga a apelar a un inevitable idioma de señas.
Mientras tanto, el reo, consumado adicto a prácticas sonoras -ahora con mutismo pleno- apretaba los labios y bajaba la vista.
Si alguien suponía que esas lapidarias pruebas bastaban, erró el vaticinio. En el verborrágico acusador, había más. Casi increpó a El Ruido diciéndole que era responsable de los perjuicios auditivos causados por los martillos neumáticos callejeros que, a pesar de ciertos recaudos, dañan los oídos de quienes los manipulan.
Concluido el turno del fiscal, cabía escuchar al letrado defensor. Era el momento de los atenuantes. “¿Qué sería de los pasos ferroviarios a nivel mal señalizados -inquirió- si El Ruido, convertido en silbato ensordecedor, no interviniera para alertar a peatones y automovilistas sobre el avance de trenes raudos?”
Y añadió: “¿Cómo no agradecer la atronadora descarga de truenos y ráfagas que permiten advertir, a los situados frente a un mar calmo, que el arribo de un tornado es inminente?
El juez dijo: “Se condena a El Ruido a la pena de silencio absoluto”.
El abogado defensor, ofuscado -y a viva voz como era de prever-, replicó: “¡Ya mismo, en queja, elevaremos la causa a Casación!…”
Fuente: Diario Río Negro — Regionales — ver publicación original.












