“Con el meme que más me he reído es con ese en el que usan mi cara creo que con un dictador chino. Lo utilizo mucho con mis amigos en línea”. Una frase de Kylian Mbappé, casi informal, descontracturada, provocó un sismo en el fútbol.
La estrella francesa hizo referencia a una simpática y grotesca imagen que suele usar con sus amigos sobre Mao Tse-tung, uno de los más grandes genocidas del siglo XX. Pero utilizó una palabra que el régimen de Beijing considera imperdonable: dictador.
China respondió con extrema dureza, como suele hacerlo cuando algo le disgusta a los popes del Partido Comunista Chino: suspendió las emisiones de LaLiga y encendió las alarmas del negocio del fútbol que suele izar banderas en defensa de los derechos humanos, pero con… peros. Beijing también ordenó a corporaciones locales tachar los contratos millonarios que mantenían con el exquisito francés.
El régimen de Xi Jinping instruyó a su cadena estatal CCTV cancelar los contratos televisivos y borrar a Mbappé de sus transmisiones.
Casi de inmediato Javier Tebas, presidente de LaLiga, pidió disculpas en nombre del fútbol español. “No podemos permitir que unas declaraciones individuales empañen la relación”, dijo, que traducido en vocabulario honesto sería: “Fue Mbappé”.
Esa patada del ente regidor del fútbol español no pudo ser “dribleada” por el francés quien fue obligado a disculparse con la ofendida memoria de Mao. “Tengo un profundo respeto por el pueblo chino y su historia, estoy sinceramente arrepentido”, escribió el delantero del Real Madrid en un comunicado.
Al parecer, en el fútbol actual -donde se extienden banderas de valores universales, fair play, no al racismo y demás- no está permitido señalar que un personaje de la historia fue un dictador por temor al estrépito de contratos televisivos y de marketing. Los valores del deporte. De otro deporte.
Para quienes administran y gerencian el fútbol actual referirse a un genocida como dictador es inadmisible y merece (casi) la expulsión del sistema. Aún cuando el comentario fuera hecho de manera liviana, al pasar. Y, para peor, aún cuando fuera cierto.
Algunos números de Mao
Durante el periodo en que Mao comandó a China, entre 1949 y 1976, murieron decenas de millones de personas como consecuencia de sus políticas represivas.
Existieron tres hechos fundamentales en esos años oscuros en que Mao dirigió los destinos del país: la Gran Hambruna, la Revolución Cultural y las múltiples purgas.
La Gran Hambruna fue provocada por las políticas del Gran Salto Adelante (1958-1962), un plan económico que provocó que millones murieran en pocos años por falsear estadísticas para no contradecir a Beijing.
En ese lapso, el régimen generó una colectivización forzosa que llevó a la creación de comunas populares y abolición de la propiedad privada de la tierra. Millones de campesinos fueron obligados a abandonar la agricultura para producir acero de baja calidad en hornos caseros. Mao priorizó las cuotas de exportación de grano (para pagar deudas con la Unión Soviética) y castigó a quienes informaban sobre la escasez, ocultando la magnitud de la tragedia.
Se estima que entre 15 y 30 millones de chinos murieron como consecuencia de estas políticas, sin que Mao -o el sistema que conducía- reaccionara para impedirlo.
Durante la Revolución Cultural (1966-1976), también perecieron millones. Fue lanzado por Mao para tratar de tapar los horrores vividos durante la hambruna. Consistía en el control político absoluto tras el fracaso económico del Gran Salto Adelante, purgando a dirigentes moderados y pragmáticos.
En esos años oscuros, grupos radicalizados movilizados por Mao atacaron a profesores, intelectuales, funcionarios y cualquier persona etiquetada como “burguesa” o “contrarrevolucionaria”. Se promovió la destrucción de las viejas costumbres, viejos hábitos, viejas ideas y vieja cultura (templos, libros, arte y tradiciones milenarias) para imponer el pensamiento maoísta. Es decir: la cultura milenaria que hoy exhiben orgullosas las autoridades de Beijing fueron una vez blanco de la barbarie maoísta.
Las cifras de muertos en estos años son disímiles. Historiadores sitúan entre 1 y 2 millones las víctimas, aunque estudios también lo sitúan en varias decenas de millones más. El Libro Negro del Comunismo sugiere que, al sumar ejecuciones sistemáticas, muertes en campos de trabajos forzados y suicidios inducidos, el impacto demográfico total acumulado de las purgas políticas de esa década podría alcanzar cifras de hasta 20 millones de personas.
Antes de la Revolución Cultural, las purgas políticas impulsadas por el régimen ya habían provocado cientos de miles de muertes. La Campaña para Suprimir a los Contrarrevolucionarios (1950–1953) se saldó con aproximadamente 720.000 ejecuciones en apenas tres años, según cifras históricas atribuidas a registros oficiales chinos, de acuerdo a The Cambridge History of China, de Roderick MacFarquhar y John K. Fairbank. A ellas se sumaron las víctimas de otras campañas represivas, como la campaña Sufan y la persecución de los considerados “derechistas” a partir de 1957.
Mbappé y la purga
El delantero francés, mega estrella con espaldas como para declarar y múltiples veces blanco del racismo que ensucia y avergüenza al fútbol, es hoy víctima de la persecución del régimen conducido por Xi Jinping.
La presión que ejerció Beijing sobre el fútbol español y sobre la figura de Mbappé es sólo una muestra de lo que sucede a diario con países más pequeños que son sometidos política y económicamente por el régimen.
El bullying desproporcionado al francés debería ser condenado por sus propios colegas. Y la censura que se le impuso desde las autoridades chinas y de LaLiga, revisada. Nadie peca de inocente y es lógico que los contratos y el metal dan un volumen astronómico a este maravilloso deporte. Pero debería haber límites. El fútbol español tuvo la oportunidad de imponer valores por sobre el dinero, apoyando a su jugador emblema. Pero optó por lo segundo.
¿Mañana será sancionado el jugador que diga algo semejante sobre Adolf Hitler o Joseph Stalin? ¿O únicamente se condena a aquel futbolista que tapa su boca para que no se sepa qué está diciendo? Nadie debería ser cancelado por decir lo que piensa. Mucho menos por decir una verdad.
X: @TotiPI
Fuente: Infobae — Internacionales — ver publicación original.












