A veces las miro, hay que decirlo. Tengo que estar sola, tengo que estar tranquila, se me tiene que haber cruzado algo o haber visto, no sé, una mancha, o haberme preguntado cuánto va a durar el tatuaje que simula -chato, pero efectivo-, un pezón. A veces miro mis pechos, mis senos, mis tetas y siempre pienso que es una suerte que estén ahí, que yo esté acá mirándolas. Aunque muchas veces me ría y diga que “son de plástico”. Aunque cuente que un señor en el subte se chocó conmigo de frente y rebotó. Aunque a veces pesen, aunque a veces duelan. Las miro -hay que decirlo- y un poco me dan ternura.
Dos meses después de la operación, hice esto, mirarlas, en un hotel en Emiratos Árabes Unidos, adonde había ido por trabajo. Era un lindo hotel, grande. Salí de bañarme, me planté frente al espejo entero y las observé despacio: las cicatrices, las imperfecciones, la consistencia. En eso estaba cuando atronó una sirena. Fuerte, llenando la habitación: una sirena en el cuarto de una mujer desnuda en Emiratos Árabes. Sí, es idiota, pero me puse el pijama volando, volando me metí en la cama y tardé un rato en calmarme: no me animé ni a llamar a la recepción para preguntar qué había pasado. Algo conectaba la sirena con esa prótesis: una alarma.
No hay cosa a la que le haya temido tanto como a la mastectomía. Cuando me descubrieron un tumor en 1999, cuando era tan joven y me creía tan todopoderosa y apareció un bulto que parecía que no era nada, cuando entré al quirófano como un trámite que hay que sacarse de encima y salí con un diagnóstico de cáncer, cuando desde la camilla que me llevaba a la habitación entendí -en las caras de mis amores- lo que estaba pasando, aquella vez lo primero que hice fue tocar la teta. Me dolía todo pero quise tocar, tenía que comprobar que estaba ahí, qué alivio cuando sentí que sí, que esa operación apenas se había llevado el mal y había dejado el bien.
Durarían mucho tiempo las cosas así. No fue fácil lo que siguió a la operación de 1999 -la quimio y los rayos eran bravísimos- pero cuando, seis meses después de la sorpresa, los tratamientos se terminaron, todo empezó a ser un poco como si no hubiera pasado nada. Yo no quería pensar que era mejor, no quería “aprender del dolor” y le dije a cada uno que me lo sugirió que le deseaba un buen cáncer y mucho aprendizaje. Para asustar lo decía, quien sabe, para tirar para afuera un poco de la bronca que da enfermarse porque sí.
“Porque sí” fue otra consigna y me la regaló Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas. Ahí, la pensadora estadounidense alerta que una enfermedad de origen desconocido y potencialmente mortal se presta a las metáforas, es decir, a inventar analogías que terminan pareciendo verdades. Imaginamos luchas, resistencia, victoria, derrota. En el camino, hacemos equilibrio en la finísima línea que separa el pensar lo que nos está pasando de culparnos de que nos pase. No sabemos por qué tenemos cáncer, decidí bancarme el no saber como me banco no creer en ninguna divinidad. Son elecciones.
Así las cosas, terminó el tratamiento, pasó un año de control, pasaron dos, pasaron tres. A los cinco años, creo, el médico me dijo la gran frase: “Tenés las mismas posibilidades de tener cáncer que todo el mundo”. Y a los veintitrés años, zas, una mamografía de control mostró unos puntitos que claramente no estaban bien y… su ruta: a los pocos días estaba haciéndome una punción que terminaría con el dictamen. “Esto es quirúrgico”. ¿Qué tipo de cirugía? “Mastectomía”.
Mastectomía, se dice fácil. Mastectomía, ya saben, el diccionario: “Extirpación quirúrgica, total o parcial, de la mama” (va a ser total). Se dice fácil, en la puerta del consultorio, mientras te vestís para irte y porque yo lo pregunto. Salí de ese consultorio con el peso de mil cuchillos y diez mil sierras en la imaginación. Ya lo conté alguna vez: soñé que el cuchillo naranja de la cocina venía cortando en horizontal desde la panza hacia arriba. En el sueño, sentí el frío, no el corte.
No me daba lo mismo tener o no tener mis tetas en 1999 y no me dio lo mismo en 2021, así que los días entre el veredicto y el procedimiento fueron de rumiante tortura. Hay que sacar la teta (la misma teta del siglo pasado) y ver si, ADEMÁS, hay que hacer quimio. Hay que sacar la teta porque no se puede hacer rayos otra vez. Hay que sacarle y decidir si te ponés una prótesis -mi nombre junto a la palabra “prótesis”- o no te ponés nada y vas amazona por la vida. Hay que sacarla, tirar al bebé con el agua sucia porque parece que el bebé está embutido de agua sucia. Todo eso.
Y después, bien.
Bueno, más o menos. El doctor M. -un capo- vio algo feo y en vez de terminar prolijo y chuchi con una prótesis de actriz de Hollywood tuvo que cortar por donde le impuso eso “feo” que veía, tirar el pezón al diablo (mandarlo a analizar), poner algo provisorio que -alerta, spoiler- nunca me iba a quedar lindo. En las primeras semanas le mandé 500 fotos de cómo iba cicatrizando, pensé que si perdía el teléfono y alguien las veía nos iban a acusar de alguna perversión.
Pero, en resumen, bien.
La verdad: la operación no es grata, los primeros días duele, lo obvio. Pero ¿qué pasa cuando te sacás la venda y ahí está ese Frankenstein pegado a tu cuerpo? A mí, por lo menos, no me pasó nada malo. Miré al Frankenstein con algo de pena pero también con cierto ánimo de corte de manga. De hecho, en la primera foto después de la operación, con el corpiño especial de mastectomía, estoy doblando el brazo como Popeye, en un gesto de fuerza. Soy la mujer biónica, soy un cyborg, estoy recontraviva.
No todo el mundo la pasa bien con las prótesis, ya sé. Y yo nunca dudé que quería “la reconstrucción”, me gusta demasiado usar escote. Antes de operarme, una mujer me dijo que sentía esas “tetas” heladas, que le pesaban, que le dolían. Me dijo que había estado unos meses sin nada y había disfrutado de la libertad de correr sin el bamboleo de los pechos, que una especie de porte masculino la había hecho sentir potente. Pero que luego había querido algo más parecido a su cuerpo y había ido por la silicona. Y que tampoco.
Es que hay pérdidas imposibles de emparchar, hay clavos que no sacan otros clavos. Una prótesis no reemplaza un órgano vivo y querido, un órgano que siente y se lleva adelante. Una prótesis es el recuerdo de la enfermedad, la certeza de la mortalidad, la huella de un roce con la muerte. Dicho esto -y porque recibí como herencia el vaso medio lleno-, la prótesis es el señalamiento de que hay una inteligencia humana capaz de hacerle una gambeta a la muerte, de que estamos jugando un segundo tiempo que podríamos haber no tenido. Todo eso junto, revuelto, asomando por retazos, por gritos, como rayos que salen de una maraña, asomando como enojo, como miedo, como alivio. Y, sí, pesa.
Se va la segunda
Un tiempo después de la primera mastectomía decidí hacer una segunda, sacarme la otra teta. No por estética -aunque así como estaba tenía una en Alaska y otra en el Polo Sur- sino por prevención. Por superstición, tal vez: ¡Mirá si al sacar una le mandaba el cáncer a la otra! Lo pensé yo, lo propuse yo, la oncóloga estuvo de acuerdo y el cirujano se resignó.
La segunda era más fácil porque no tenía cáncer, porque se iba a poder sacar la glándula limpiamente y hacer un reemplazo bonito. La decisión no fue difícil: me sentía bien con la primera, había superado la impresión, y quería pensar para adelante.
Y así fue. Casi ni me dejan dormir en el sanatorio, me habían preparado todo para mandarme a casa. Después unos cuidados, unos analgésicos y a otra cosa. La espera de la biopsia, que en el primer caso había sido dramática, fue en calma.
A veces me río: volver a los 17, las prótesis están a una altura que mis tetas naturales creo que nunca tuvieron. Salvo si uso remeras muy finitas, no necesito corpiño. A veces me lo pongo igual, porque sí. A veces me olvido y voy a un estudio o a una fisioterapeuta y resulta incómodo no tenerlo. El argumento de que no son reales no funciona.
Cuando me pareció que la primera teta, la del cáncer, estaba muy fea, fui y me hice un tatuaje en una fundación que armaron los chicos de Mandinga Tattoo en un local del barrio de Lugano. El ambiente es como rockero, onda Elvis Presley o Grease, hasta hay una moto exhibida en el salón, pero el tatuador que me lo hace es amable, sabe de qué se trata, entiende que lo que quiero no son flores ni lagartijas sino algo que parezca lo que no está más. No es sencillo porque esa teta quedó, cómo decirlo, un poco achurada. Pero él es muy bueno, sabe lo que hace y cuando termina, la verdad, se ve mucho mejor. Porque no creo que yo sea más o menos deseable por un pezón, pero es lindo no sentir esa extrañeza. O por si tengo que salir corriendo en algún hotel de Medio Oriente…
Pienso esto cinco años después de la primera mastectomía con sentimientos encontrados. Pesa, no pesa (la amputación). Pesan, no pesan (las prótesis). Son raras -sí, en algunas cosas son raras- o no son raras. Me recuerdan la muerte, me apuntan a la vida. La mastectomía es todo eso y es algo de lo que me olvido completamente la mayor parte del tiempo.
Gracias a los médicos, gracias a la ciencia, siempre.












