La muerte de un familiar puede convertir en experiencia personal aquello que, hasta entonces, parecía una certeza distante. El dolor, los recuerdos y las preguntas por lo que se hizo o se dejó de hacer forman parte de un proceso de duelo que cada persona transita de forma diferente.
“No es lo mismo verlo de lejos que tenerlo cerca”, afirmó la terapeuta familiar Yuli de Sosa al describir el impacto que puede provocar la muerte de un ser querido. La especialista hizo la reflexión durante el programa de entrevistas Diálogo 21, emitido el 2 de noviembre en el marco del Día de los Fieles Difuntos.
Para Sosa, comprender de forma racional que la muerte es parte de la vida no elimina las reacciones emocionales que genera una despedida. Explicó que frases frecuentes, como que la persona fallecida está en un lugar mejor o que el tiempo aliviará el dolor, pueden resultar insuficientes para alguien que atraviesa una pérdida.
La terapeuta relató que la muerte de su padre le permitió entender la diferencia entre conocer esa realidad y vivirla. Según señaló, el luto supone permitir un diálogo interno entre las emociones y la razón para asimilar que el familiar ya no está físicamente, aunque permanece en la memoria, los aprendizajes y los vínculos de quienes lo conocieron.
La tristeza no responde a una fecha determinada
El duelo no sigue un mismo ritmo para todas las personas. Sosa sostuvo que cada pérdida tiene una vivencia particular y que la presión social puede dificultar la expresión de la tristeza. En ese contexto, se refirió al duelo no resuelto, que puede aparecer cuando una persona intenta mostrar hacia afuera que ya superó la muerte, aunque por dentro conserva un dolor que no ha podido procesar.
“Hay que dejar vivir la emoción de la tristeza, no suprimirla”, expresó. Para la especialista, recordar no equivale a olvidar a quien murió, sino a integrar los momentos compartidos, los consejos y el legado que dejó dentro de una familia.
El sacerdote y comunicador Edwin Baños, quien también participó de la entrevista matutina, señaló que las experiencias previas pueden influir en la manera en que cada persona enfrenta una muerte. Indicó que, para algunos, los funerales, los cementerios o el contacto con una persona fallecida se viven como parte natural del final de la vida, mientras que para otros esas escenas quedan asociadas a imágenes difíciles de procesar.
La culpa puede extender el dolor durante años
La culpa fue otro de los aspectos abordados durante la conversación. Baños indicó que ese sentimiento puede aparecer incluso en personas que acompañaron a un familiar enfermo o anciano de forma constante. “Siempre pudiste hacer más”, resumió al describir una percepción frecuente después de una muerte.
Ese cuestionamiento puede intensificarse cuando hubo distancia familiar, llamadas que no se hicieron, visitas postergadas o conflictos pendientes. Baños planteó que la sensación de no haber estado presente puede prolongarse en el tiempo y reaparecer en fechas significativas o visitas al cementerio.
Sosa mencionó que la culpa puede tener una dimensión más intensa ante una muerte por suicidio. En esos casos, madres, padres, parejas o hijos suelen preguntarse si pudieron advertir señales previas o intervenir de otra manera. “¿Cómo no lo vi?, ¿cómo no me enteré?”, son algunas de las preguntas que, según explicó, quedan presentes entre quienes sobreviven a esa pérdida.
Baños añadió que el duelo también puede quedar atravesado por resentimientos hacia una persona que murió. Diferenció entre conservar un recuerdo afectuoso y mantener heridas vinculadas con conflictos familiares o daños del pasado. En ese punto, consideró que el perdón puede entenderse como una forma de liberarse de sentimientos que afectan a quien permanece con vida.
El legado permanece entre los recuerdos y los vínculos
Ambos coincidieron en que la ausencia no borra la influencia de una persona dentro de una familia. Sosa explicó que padres, madres, abuelos y otros referentes continúan presentes a través de valores, consejos y formas de relacionarse que pasan de una generación a otra.
“En nuestras manos está dejar cicatrices o huellas”, sostuvo la terapeuta. La frase condensó una idea que atravesó la entrevista: la memoria de quienes ya no están puede conservar afectos, enseñanzas y también conflictos que no llegaron a resolverse.












