“¿Qué país queremos construir? No hace falta esperar una elección para verlo. Aparece en la sobremesa familiar, en WhatsApp, en los comentarios indignados del noticiero” dice el autor. Nuestro problema es que el día que nació el peronismo también nació quienes lo combaten, según el autor.
Hay una pregunta que la Argentina se hace desde hace setenta años y casi nunca formula en voz alta: ¿contra quién estamos? La otra, la que debería importar, queda siempre para después: ¿qué país queremos construir? No hace falta esperar una elección para verlo. Aparece en la sobremesa familiar, en el grupo de WhatsApp, en el comentario indignado del noticiero. Sabemos con precisión lo que no queremos y casi nunca lo que sí. Y un país que solo sabe lo que no quiere termina gobernado por cualquiera que prometa evitarlo.
El antiperonismo nació casi el mismo día que el peronismo. En 1945, la Unión Democrática juntó a conservadores, radicales, socialistas y comunistas con un único punto en común: frenar a Perón. Tuvo además un padrino inesperado, el embajador de los Estados Unidos, Spruille Braden, que hizo campaña abierta contra el candidato del 17 de octubre. Perón respondió con una consigna que todavía resuena: “Braden o Perón”.
Pero el rechazo nunca fue solo político. Fue social, y muchas veces fue de clase. Los trabajadores que llegaban del interior eran “cabecitas negras”; las patas en la fuente de la Plaza de Mayo, una ofensa al decoro; en 1947, un diputado opositor los describió como un “aluvión zoológico”. Cuando Evita agonizaba, en 1952, aparecieron paredes pintadas con un “Viva el cáncer”.
El desprecio se volvió método. El 16 de junio de 1955, aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo. El golpe de ese año se llamó a sí mismo “Revolución Libertadora”; los que la padecieron la llamaron “Fusiladora”, y esa pelea por el nombre ya era una batalla cultural. En 1956, el decreto 4161 prohibió nombrar a Perón y a Evita, cantar la marcha y exhibir sus símbolos. Ese mismo año hubo fusilamientos en los basurales de José León Suárez. El cuerpo de Evita desapareció durante dieciséis años. No se buscaba ganarle a un adversario: se buscaba borrarlo.
El intento de borrar al peronismo lo volvió indestructible. La proscripción no lo hizo desaparecer: lo convirtió en resistencia, en identidad, en memoria compartida de los barrios y las fábricas. El antiperonismo tiene esa característica que lo acompaña hasta hoy: cuanto más se define por lo que combate, más alimenta a lo que combate.
El antiperonismo nunca necesitó un programa propio. Le alcanzó con saber lo que rechazaba. Por eso pudo vestirse de liberal, de desarrollista, de militar, de republicano o de libertario, según la época. Debajo de cada traje hay siempre lo mismo: una idea de orden, de quién merece y quién no, y una incomodidad profunda con el trabajador organizado, el conurbano y el Estado que se mete donde el mercado no llega.
El problema del “anti” no es moral, es práctico. Un país no se desarrolla en ciclos de demolición. Cada gobierno que llega para deshacer lo del anterior le deja al siguiente un terreno arrasado. Ningún empresario invierte a veinte años en un país que cambia de rumbo cada cuatro. Ningún joven planifica su vida donde el piso se mueve con cada elección.
Marcelo Diamand, un ingeniero e industrial que no venía del peronismo, le puso nombre a este fenómeno en los años ochenta: el péndulo argentino. La economía oscila entre una expansión que se choca con la falta de dólares y un ajuste ortodoxo que achica el mercado interno, y vuelta a empezar. Pero ese péndulo no es solo económico, es político.
La desindustrialización que empezó en 1976 nunca se revirtió del todo. La Noche de los Bastones Largos, empujó al exilio a cientos de científicos, y la historia se repite cada vez que se desfinancian el CONICET y las universidades. Y está la deuda: cada ciclo del anti terminó hipotecando al gobierno siguiente, desde la dictadura hasta el préstamo de 2018, el más grande de la historia del FMI.
Hay un costo menos visible y más profundo. La proscripción del peronismo entre 1955 y 1973 no produjo una democracia sin peronismo. Produjo una democracia imposible. Guillermo O’Donnell, el politólogo argentino más prestigioso del siglo XX y nada sospechoso de peronismo, lo llamó “el juego imposible”: un sistema en el que el partido mayoritario no podía ganar y, si ganaba, no podía gobernar. Frondizi e Illia, que llegaron con el peronismo proscripto, fueron derrocados igual. Lo que se intentó excluir no desapareció, se radicalizó.
Cuando el voto es un portazo, el que entra no rinde cuentas por lo que hace. Alcanza con que el otro siga afuera. La ciencia política lo llama “partidismo negativo”: votar más por rechazo al adversario que por adhesión al propio. Así se explica que se haya votado una motosierra sin preguntar dónde iba a caer, y que cayera sobre jubilados, universidades, pymes y personas con discapacidad. No fue un error de cálculo de los votantes. Fue la consecuencia lógica de elegir a alguien por lo que no es.
El peronismo tiene una particularidad que pocas veces pensamos: es genuinamente argentino. No es la sucursal local de una internacional, no tiene un manual escrito en otro idioma, no hay un partido hermano en Europa al que mirar para saber qué hacer. Nació acá, de nuestros problemas y de nuestra gente. Esa es su mayor fortaleza. También puede ser su trampa.
Porque un movimiento que no tiene referencias afuera tiende a buscarlas atrás. Y atrás está la edad dorada: el 45, Evita, los derechos del trabajador. No es casual que uno de nuestros verbos preferidos sea “volver”. El “luche y vuelve” fue una consigna de resistencia cuando volver era un derecho negado. Hoy, quien habla siempre de volver le dice a la sociedad que lo mejor ya pasó.
La paradoja es que el propio Perón miraba hacia adelante. En 1972 escribió un mensaje ambiental a los pueblos del mundo, cuando la ecología todavía no estaba en ninguna agenda, y su último gran texto se llamó “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional”. El fundador hablaba del futuro. Demasiadas veces, sus herederos hablamos solo de él.
Un pibe de veinte años no tiene nostalgia de lo que no vivió. Trabaja para una aplicación, no conoce el recibo de sueldo y nunca vio una fábrica abrir sus puertas. A él no le alcanza con el recuerdo de lo que supimos ser. Necesita saber qué vamos a ser.
La derecha no ganó solo con palabras como “kuka”, “casta” o “planero”, aunque esas palabras ordenan la discusión antes de que empiece. Ganó porque logró presentarse como lo nuevo, lo moderno, lo que viene, y dejar al peronismo en el lugar del pasado.
Esa batalla no está perdida. Se pierde cuando aceptamos el lugar que nos asignan. Se gana cuando el peronismo vuelve a ser lo que fue en su origen: no una memoria, sino una promesa.
Hay una prueba simple de que el antiperonismo es una identidad y no un proyecto: su vara cambia según quién esté enfrente. Libra, los audios de ANDIS, el patrimonio de Adorni. Imaginemos esos casos con un gobierno peronista y ya sabemos la respuesta.
Según la Auditoría General de la Nación, el Banco Central perdió en 2025 US$1.023 millones en operaciones con derivados que usaron como respaldo parte de las reservas de oro. El presidente de la AGN habló de un “error de cálculo” sobre el precio internacional del metal y aseguró que nunca se había registrado una pérdida de esa magnitud. El Banco Central sostiene que se trató de coberturas.
En 2015, el Banco Central de un gobierno peronista vendió contratos de dólar futuro. Hubo procesamientos y titulares que hablaban de saqueo. En 2021, la Cámara de Casación sobreseyó a todos. Una decisión de política monetaria del peronismo fue tratada como delito. Una pérdida de mil millones con el oro de las reservas, como un tecnicismo.
Pero el fondo del asunto no es la corrupción ni la mala praxis. Es que quien vota en contra no le exige nada al que eligió: ni transparencia, ni resultados, ni empleo, ni futuro. Solo le exige que el otro no vuelva.
Se necesita un proyecto que nos saque del péndulo. Uno que diga con claridad qué vamos a producir, cómo vamos a generar trabajo de calidad, qué lugar vamos a ocupar en el mundo y cómo vamos a sostenerlo.
El antiperonismo se alimenta de dos cosas: de los errores del peronismo y de su silencio sobre el futuro. Podemos hacernos cargo de las dos.
Este pueblo ya demostró que sabe construir cuando nadie lo espera. Lo hizo un 17 de octubre, cuando miles de trabajadores que nadie había invitado a la historia llenaron una plaza y la cambiaron para siempre. Lo hizo en 1983, cuando salió de la noche más oscura y eligió la democracia. Lo hace todos los días en cada comedor, cada cooperativa y cada club de barrio que sostiene lo que otros dejaron caer. La Argentina que se organiza para resistir es la misma que puede organizarse para crear.
El día que el peronismo hable menos de lo que fue y más de lo que va a ser, el anti se va a quedar sin argumento y va a tener que hacer lo que nunca hizo: decir qué país propone. Ese día, la pregunta dejará de ser contra quién estamos. Será qué país queremos construir. Y esa pregunta no se responde en contra de nadie. Se responde a favor de todos.
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