La Asociación Estadounidense del Corazón (AHA) y el Colegio Estadounidense de Cardiología (ACC) actualizaron en marzo de 2026 las guías globales para el manejo del colesterol, las primeras desde 2018. Los cambios amplían quiénes deben recibir tratamiento, a qué edad iniciar el control y qué pruebas solicitar (con la inclusión de un análisis), con un criterio central: evaluar el riesgo cardiovascular a 30 años, no solo a 10. Las estatinas —medicamentos que reducen la producción de colesterol en el hígado— son el eje del nuevo esquema terapéutico.
Un estudio publicado en el portal de salud JAMA calculó que, solo en Estados Unidos, más de 87,5 millones de adultos de entre 30 y 79 años califican ahora para recibir estatinas, 20 millones más que con los criterios anteriores. A escala mundial, 1 de cada 5 personas presenta niveles elevados de lipoproteína (a), un factor de riesgo hereditario que la mayoría desconoce porque no integra el panel de lípidos de rutina, según advierte la AHA.
Roger Blumenthal, director del Centro Ciccarone de Johns Hopkins para la Prevención de Enfermedades Cardíacas, sostuvo en un comunicado: “Deberíamos agregar medicamentos reductores de lípidos antes de lo que hubiéramos considerado hace 10 años. Un LDL más bajo por más tiempo, al igual que una presión arterial más baja por más tiempo, se traduce en una protección mucho mayor contra futuros infartos y accidentes cerebrovasculares”.
Para pacientes de entre 30 y 59 años, si el riesgo cardiovascular a tres décadas es igual o superior al 10%, una estatina puede considerarse aunque el riesgo inmediato sea bajo. Los cambios de hábitos —no fumar, hacer actividad física, seguir una dieta equilibrada y dormir bien— siguen siendo el primer paso. Las metas de LDL se mantienen: por debajo de 130 mg/dL en la mayoría de los casos, y de 70 o incluso 55 mg/dL en pacientes de alto riesgo.
La lipoproteína (a), el factor hereditario que el análisis estándar no detecta
La recomendación de medir la lipoproteína (a) o Lp(a), una partícula similar al LDL pero con una proteína adicional que la hace más agresiva para las arterias, al menos una vez en la adultez, es uno de los cambios más relevantes. Este marcador debe solicitarse por separado. Su concentración elevada incrementa el riesgo de infarto, derrame cerebral y estenosis aórtica. La Asociación Nacional de Lípidos establece que valores iguales o superiores a 125 nmol/L —o 50 mg/dL— se ubican en la categoría de alto riesgo.
A diferencia de otros parámetros cardiovasculares, esta lipoproteína está determinada por la genética y permanece estable durante toda la vida. La alimentación y el ejercicio tienen escaso efecto sobre él: alguien puede presentarlo elevado aunque tenga todos los demás valores en orden.
En este sentido, Archna Bajaj, especialista en trastornos lipídicos de Penn Medicine, describió en Good Housekeeping el caso de una mujer con unos 40 años con LDL de 110 mg/dL —dentro de los parámetros normales— cuyo padre tuvo su primer infarto a los 50. Al medir su Lp(a), el resultado superó los 300 nmol/L, casi cuatro veces el límite aceptable.
“Luego de explicarle el riesgo asociado a valores tan elevados, acordó iniciar una estatina para reducir su LDL y proteger su salud cardíaca”, afirmó Bajaj. Quienes presenten Lp(a) alto deben informarlo a sus familiares directos, ya que la condición tiende a repetirse dentro de una misma familia.
Nuevos marcadores, pruebas adicionales y factores antes ignorados
Las guías respaldan el uso de la apolipoproteína B (apoB) —una proteína presente en cada partícula de colesterol dañina que permite estimar cuántas de ellas circulan en sangre— como herramienta complementaria. Mientras que el LDL cuantifica la cantidad de colesterol, el apoB cuenta las partículas capaces de generar placa —depósitos que obstruyen las arterias—. Dos personas con idéntico LDL pueden tener cantidades distintas de apoB y, por lo tanto, perfiles de riesgo diferentes.
La tomografía de calcio coronario (CAC) también cobra peso: detecta acumulaciones de calcio en las paredes arteriales —señal de que ya existe placa— y anticipa el riesgo de obstrucción. Las directrices recomiendan su uso de forma selectiva, cuando la evaluación convencional no alcanza para tomar una decisión terapéutica. Además, un nivel de proteína C reactiva de alta sensibilidad (hsCRP) superior a 3,0 mg/L señala inflamación activa y riesgo cardíaco elevado.
La actualización incorpora factores que suelen pasarse por alto: antecedentes de preeclampsia, diabetes gestacional, menopausia prematura y enfermedades como psoriasis, artritis reumatoide o VIH. Cuando las estatinas no son suficientes, las guías contemplan otras alternativas: la ezetimiba bloquea la absorción intestinal de colesterol; los inhibidores de PCSK9 —fármacos que bloquean una proteína hepática para que el organismo elimine más LDL de la sangre— reducen el LDL en circulación; y el ácido bempedoico —que frena la producción de colesterol en el hígado— es una opción para quienes no toleran las estatinas. De todos modos, la consulta y el acompañamiento del profesional tratante es clave para determinar los riesgos y tratamientos.












